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San Cristóbal, el pueblo de costa de Valdés que gana habitantes en la Asturias rural despoblada: "Aquí hay una veintena de niños"

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29.03.2026

San Cristóbal, el pueblo de costa de Valdés que gana habitantes en la Asturias rural despoblada: "Aquí hay una veintena de niños"

Chema Fernández, líder vecinal, desvela el secreto de la localidad para crecer: "La gente que llega de otros lugares se siente acogida; no dejamos a nadie como ‘el de fuera’"

"Queríamos un sitio bonito, pero también bien comunicado; aquí tienes la autopista cerca, hay servicio de tren…", cuenta Roberto García, ovetense que compró una casa de segunda residencia en 2018

San Cristóbal, el pueblo de costa de Valdés que gana habitantes: este es su secreto (nunca contado)

El sol cae limpio sobre los prados y los tejados de San Cristóbal, un pueblo de costa de Valdés concejo de casi 12.000 habitantes. Es uno de esos días luminosos de la costa occidental asturiana en los que el mar parece cercano aunque no se vea. A media mañana, los vecinos se van acercando poco a poco al lugar donde transcurre la conversación. Se paran, saludan, charlan. El ambiente es animado. Y lo está. No es para menos.

En una Asturias rural donde el despoblamiento se ha convertido en una preocupación constante (el municipio valdesano llegó a perder 200 habitantes en un solo año), este pequeño núcleo de costa vive una realidad poco habitual: aquí hay niños. Muchos, para lo que es un pueblo. "Una veintena de pequeños en edad escolar", recalcan los vecinos. Un dato que, en el contexto de la Asturias que pierde habitantes en el medio rural, se convierte casi en un motivo de celebración colectiva.

Vista de San Cristóbal. / Ana M. Serrano

"Tenemos unos veinte niños en edad escolar, más o menos", explica con serenidad José María Fernández García, Chema para los amigos, presidente de la asociación de vecinos. "Y eso en un pueblo como el nuestro es muy importante. Muchos de los que nacimos aquí nos criamos aquí y decidimos quedarnos a vivir. Luego tenemos hijos, una media de dos por familia, y, quieras que no, eso hace que el pueblo se mantenga vivo.

San Cristóbal no es grande. Apenas entre 64 y 66 casas y en torno a un centenar largo de vecinos. Pero la sensación que transmiten quienes viven aquí es que el pueblo no se apaga, sino todo lo contrario. El líder vecinal recuerda que el crecimiento ha sido gradual. "Con el tiempo fueron llegando más familias. Por ejemplo, Juan Luis, que ahora es el vicepresidente de la asociación. Él y su mujer se instalaron aquí, tuvieron dos niños… y así, poco a poco, el pueblo fue creciendo".

La clave: un pueblo unido

Cuando se pregunta a los vecinos por el secreto de cómo se esquiva la despoblación, la respuesta aparece casi siempre en forma de una misma palabra: "unión". "Somos un pueblo muy unido", afirma Chema Fernández con convicción. "La gente que llega de otros lugares se siente acogida. Aquí no se deja a nadie como ‘el de fuera’. Enseguida pasa a formar parte del pueblo y de la asociación de vecinos. Eso hace mucho", añade. Ese espíritu integrador es algo que quienes llegaron de otros lugares destacan casi de inmediato.

Roberto García es uno de ellos. Llegó desde Oviedo junto a su familia en 2018, después de buscar durante meses una casa en la zona. "Antes del confinamiento estábamos mirando algo tranquilo", recuerda. "Queríamos un sitio bonito, pero también bien comunicado. Aquí tienes la autopista cerca, llega el autobús, llega el tren… y cuando vimos esta casa nos gustó mucho", detalla.

El ovetense Roberto García y su hija Alicia, en el parque infantil del pueblo. / Ana M. Serrano

La familia mantiene su vida laboral (y su piso) en Oviedo, pero San Cristóbal se ha convertido en su refugio habitual. "Tenemos dos hijos y aquí se vive muy bien con niños", explica. "Es un sitio muy tranquilo, hay poco tráfico y tienen el parque y espacios para jugar. Los fines de semana solemos juntarnos con los vecinos, salir a caminar o tomar el vermú. Y la verdad es que la gente nos acogió muy bien desde el principio", recuerda.

Un entorno que invita a quedarse

Rosa María Fernández también llegó desde cerca, concretamente desde el vecino pueblo de Querúas. Pero reconoce que San Cristóbal tiene algo especial. "Lo primero es la unión vecinal", afirma. "Aquí se hacen muchas cosas precisamente para mantener esa unión. Y luego está el entorno. Es un sitio muy bonito, de costa, con muchos paseos por el monte y por el litoral", dice y además: "Puedes salir a caminar, andar en bicicleta… y estamos cerca del centro de Asturias".

Esa combinación entre tranquilidad y accesibilidad es algo que los vecinos valoran mucho. "Los servicios están relativamente cerca", añade. Si tienes vehículo disponible "llegas muy pronto al centro de salud, por ejemplo".

Un sentimiento de familia

Quienes nacieron en el pueblo hablan de San Cristóbal casi como si fuera una familia extensa. Isabel Pérez lo expresa con una sinceridad rotunda. "Yo no me voy de aquí por nada del mundo", advierte sin dudar. "Para mí esto es suficiente. A veces estoy sentada en casa mirando al cielo y me basta. Aquí me siento en casa de verdad", señala.

Amparo Peláez, quien suele acudir a visitar a su madre, en la casa de la última. / Ana M. Serrano

Explica que los vecinos que crecieron juntos mantienen una relación muy cercana. "Nos criamos juntos, convivimos con la gente mayor… es todo muy familiar", observa. Y esa cercanía, esa sensación de estar en casa aunque esté en la calle, no tiene igual. "Y me encanta que llegue gente nueva al pueblo. Cuanta más gente venga, mejor".

Llegar y sentirse parte

Ese sentimiento de integración es precisamente lo que atrajo a otros vecinos. Juan Luis García, hoy vicepresidente de la asociación, llegó hace unos quince años. "Compramos aquí un terreno e hicimos una casa", recuerda. "Y desde el principio nos sentimos muy bien", añade. Cuenta una anécdota que resume el ambiente del pueblo. "Cuando estaba haciendo la obra, muchas veces no avanzaba nada", dice entre risas. "Porque empezabas a trabajar y enseguida paraba alguien a hablar contigo. Eso aquí es normal. Todo el mundo se para, charla… y al final acabas sintiéndote parte del pueblo".

Otros vecinos llegaron incluso desde ciudades más grandes. Calixto Iglesias se instaló en San Cristóbal en 2001 después de vivir en Avilés. "Buscábamos algo que pudiéramos pagar y encontramos una casa aquí", cuenta. "Y la verdad es que no tiene nada que ver con la ciudad. Aquí hay tranquilidad y buena gente". También Juan de la Fuente, natural de Betanzos (Galicia), acabó echando raíces en el pueblo. "Empecé viniendo en verano por mi novia", explica. "Luego encontré trabajo cerca y me quedé. Ahora tenemos una niña de un año". Para él, criar a un hijo en un entorno rural tiene ventajas claras. "Es un sitio muy tranquilo y seguro. Aquí todos nos conocemos. Sabes quién pasa por la carretera, quién viene… eso da mucha tranquilidad cuando tienes niños pequeños".

Aunque el pueblo vive un buen momento, los vecinos no se conforman. La asociación trabaja para seguir mejorando San Cristóbal. En los últimos años, se han asfaltado caminos, se han acondicionado espacios comunes y ahora los vecinos están levantando una pista deportiva. "Los fines de semana nos ponemos a trabajar en ella", explica Chema Fernández. "Lo hacemos nosotros mismos porque queremos que el pueblo siga mejorando". El siguiente objetivo es construir un local social.

La nonagenaria Nieves Fernández durante uno de sus paseos. / Ana M. Serrano

"Nos gusta programar actividades", cuenta. "Hacemos homenajes a los mayores del pueblo, reuniones, encuentros… pero ahora tenemos que hacerlo con carpas. Tener un local sería muy importante".

Un lugar al que volver

Mientras algunos llegan, otros sueñan con regresar. Pablo Seijo tiene 32 años y trabaja en el centro de Asturias, pero vuelve cada fin de semana. "Soy totalmente de pueblo", dice con una sonrisa. "En la ciudad muchas veces ni conoces a tus vecinos. Aquí sí. Aquí hay comunidad", declara. Aunque ahora vive fuera por trabajo, tiene claro su deseo. "Algún día me gustaría volver definitivamente, construir aquí una casa y formar una familia", sueña. Para entonces, seguro que el pueblo sigue con la misma vida.

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Basta dar un paseo y encontrarse con una de las vecinas más queridas, Nieves Fernández, que pasea "de la carretera a la playa", como dice ella, observando todos los días el pueblo que la vio nacer "y en el que me quiero morir". ¿Hay algo mejor? "Eso ya ni se pregunta", dice son resolución mientras admira la tranquilidad del pueblo, un lugar donde no pasando nada "pasa de todo". "Trabajan muchísimo", dice la nonagenaria de la asociación de vecinos. El colectivo está seguro de lo que hace: "Es el legado que queremos dejar". Vida, armonía y encuentro, ni más ni menos.

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