“¿Por qué no te mueres de una vez?”, por Nasser Abu Srour
Traducido del inglés para La Marea por Rita da Costa. Traducido del árabe por Luke Leafgren.
1.
El 7 de octubre de 2023 me enteré de la noticia nada más despertarme. La tele de nuestra celda mostraba imágenes de los ataques de Hamás y los combates en torno a Gaza. Las vimos durante una hora, hasta que desconectaron la señal del cable y la pantalla se quedó en azul. Esas fueron las primeras y últimas imágenes que vi de la guerra.
Lo siguiente que recuerdo es que los guardias irrumpieron en nuestro módulo empuñando armas de fuego, algo que nunca hasta entonces habían hecho: las armas no entraban en los módulos de la cárcel. Nos ataron de pies y manos con agresividad y nos hicieron salir al patio. Cuando regresamos a las celdas, estaban tan vacías que nuestras voces resonaban. Todas nuestras pertenencias habían desaparecido: ropa, sábanas y mantas, utensilios de cocina y productos de limpieza, espejos y maquinillas de afeitar. Nuestros cepillos de dientes se habían sustituido por otros más pequeños, de unos cinco centímetros de largo. Habían retirado las persianas que cubrían las ventanas enrejadas, dejándonos expuestos al aire frío y, con el tiempo, a la lluvia. Nos dejaron dos camisetas, una sola manta y un juego de cubiertos de plástico a cada uno. Confiscaron hasta las sillas de ruedas; a partir de ese día, tuvimos que llevar en brazos a los presos discapacitados.
«Estamos en estado de guerra». Así nos lo anunciaron las autoridades penitenciarias israelíes el 7 de octubre. En algún momento de esa primera semana, el oficial de nuestro módulo fue de celda en celda y leyó en voz alta las normas que regían en período de guerra.
Había nuevas prohibiciones: los presos no podían hablar en voz alta dentro de sus celdas, ni hablar con los reclusos de las celdas vecinas, ni rezar en voz alta o en grupo, ni acercarse a menos de metro y medio de la puerta de su celda. Nuestros privilegios internos se vieron drásticamente recortados: el tiempo de patio se redujo de seis horas a diez minutos al día; el agua caliente se limitó a cuarenta y cinco minutos al día para toda la población reclusa; las visitas familiares se suspendieron de manera indefinida; se nos negó el acceso a la clínica médica y la biblioteca. Quizá lo más significativo de todo fue que el suministro eléctrico se redujo a seis horas diarias con un horario rotativo. Algunos días había electricidad desde el mediodía hasta las seis de la tarde; otros días, desde las seis de la tarde hasta la medianoche, y finalmente se fijó en un intervalo que iba desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche.
Durante treinta y un años, yo había soportado una rutina agotadora, aunque inmutable, en diversas cárceles israelíes. Cada día parecía una réplica del anterior, daba igual donde estuviera. Ahora todo había cambiado por completo. Ya no era posible predecir lo que podría suceder. Cada hora traía consigo mil posibilidades, a cuál peor.
El nuevo régimen tal vez viniera impuesto por Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional, pero las autoridades penitenciarias también actuaron por iniciativa propia. El cambio que se produjo en estas fue más brutal, y seguramente tuvo más consecuencias.
Antes de la guerra, guardias y reclusos habían coexistido, si no de forma amistosa, sí por lo menos pacífica. Ese equilibrio era el resultado de décadas de organización. Ante las repetidas protestas y huelgas de hambre, el Servicio Penitenciario Israelí había hecho ciertas concesiones -visitas de familiares, deporte por las mañanas, educación a distancia, un comedor–, aunque solo fuera para facilitarles el trabajo a los funcionarios de cárceles. El acuerdo existente podría describirse como otra versión de la «paz a cambio de paz». Yo mismo tenía buena relación con algunos de los guardias.
Toda esta historia cayó en el olvido de la noche a la mañana. Cualquier atisbo de familiaridad entre nosotros desapareció de un plumazo. Nuestros carceleros dejaron de hablarnos, salvo para mascullar órdenes. La expresión humana desapareció de sus rostros, que se volvieron fríos y pétreos. Era como si llevaran puestas máscaras. Cuando le pregunté a un guardia, un hombre druso, por qué sus colegas se comportaban de un modo tan extraño, replicó: «¡Haz lo que se te ordena! ¡A partir de ahora, no vamos a pedir perdón! ¡No habrá más compasión!».
Antes, los guardias se limitaban a vigilar a los presos y transmitir información al oficial encargado del módulo, pero ahora habían decidido tomar la justicia por su propia mano. Una tarde, para castigarnos por rezar en voz alta, un guardia simplemente cortó la electricidad de nuestra celda. En cuanto al oficial del módulo, se nos prohibió mirarlo, por lo que teníamos que mantener la cabeza gacha durante las conversaciones. El director de la cárcel se había convertido en un dios que estaba a la vez en todas partes y en ninguna.
Si la indiferencia era angustiosa, la violencia era aterradora. Tres meses después del inicio de la guerra, la insignia de «guardia» fue descosida de la parte delantera de los uniformes y sustituida por la de «guerrero», inscrita en grandes letras. Esta nueva identidad tuvo un efecto inmediato: los guerreros se comportaban como si les hubiesen enviado al frente de guerra en alguna misión letal.
Agredían a los reclusos a la más mínima infracción, ya fuera real o imaginaria. Nos golpeaban por todas partes –en la cabeza, las piernas, el pecho, la cara– y con toda clase de armas: bastones, porras, gas lacrimógeno, descargas eléctricas, balas de goma y munición real. A veces irrumpían en las celdas, propinaban palizas a los presos, los encadenaban y luego los arrastraban al patio de la cárcel para volver a golpearlos. A menudo iban acompañados de un perro enorme que atacaba a los presos encadenados y les provocaba heridas sangrantes (como me ocurrió en múltiples ocasiones).
En cierta ocasión, un guardia abrió la rejilla de mi celda y exigió que le entregara la radio que tenía escondida. Le dije la verdad, que no tenía ninguna radio. Cuando él repitió la orden, yo repetí mi respuesta, quizá levantando un poco la voz. El guardia ordenó que me acercara de nuevo a la rejilla… y me roció la cara con gas pimienta. No había ningún motivo racional que justificara ese castigo. Ni siquiera los más brillantes entre nosotros eran capaces de interpretar estas nuevas prácticas. Cualquier intento de obtener una explicación solo servía para desencadenar más violencia.
Al quebrantar nuestro cuerpo, las autoridades penitenciarias también quebrantaron nuestro espíritu. A través del nuevo régimen de violencia continua y castigos arbitrarios, nos infundieron un miedo abrumador y paralizante. Totalmente centrados en nuestra propia supervivencia, nos aislamos unos de otros, convirtiéndonos así en un maltrecho grupo de individuos que solo estaban vivos desde el punto de vista biológico. También nos aislaron por completo del mundo exterior, pues no teníamos acceso a la televisión ni a periódicos. Era como si viviéramos en una isla remota. El tiempo no avanzaba, sino que se acumulaba, se amontonaba hasta transformarse en una mole que nos aplastaba el cuerpo bajo su peso.
Aunque seguíamos las noticias de manera fragmentaria gracias a unas pocas radios ocultas, no alcanzábamos a comprender la magnitud y el horror del genocidio. Solo empezamos a entenderlo una mañana, seis meses después del inicio de la guerra, cuando los oficiales de cada módulo colgaron una gran pancarta, de unos cinco metros de largo, con una imagen de la Franja de Gaza arrasada y reducida a cenizas. Las palabras «La Nueva Gaza» aparecían impresas sobre la imagen.
2.
La cárcel de Ofer se alza donde antes existió un campamento militar, a unos treinta minutos en coche de Ramala. Al comienzo de la guerra, sus quince módulos albergaban a unos setecientos presos. Sabe Dios cuántos serán ahora. Las detenciones masivas empezaron casi de inmediato y no han cesado. Al principio éramos siete reclusos en una misma celda; al final llegamos a ser catorce. Nos turnábamos para dormir en el suelo.
Uno de los nuevos detenidos era mi primo, Mohammad Raafat Abu Srour. Mientras participaba en una manifestación ciudadana contra la guerra en las calles de Belén, un soldado de las FDI (Fuerzas de Defensa Israelíes) le disparó en la rodilla. Esa noche, sus........
