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La mujer de negro - El último de la banca

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27.06.2026

Nadie sueña con ser árbitro. De niños queríamos ser los héroes sobre la cancha; los goleadores, sobre todo, o quizás algún portero del momento. Pero nadie quiere ser esa persona de negro que reparte tarjetas y recibe insultos. En el patio del colegio, ese microcosmos que reproduce el mundo de los adultos, nadie levanta la mano y grita: ¡Yo quiero ser el árbitro!

Es difícil imaginar a la madre del réferi sentada en la tribuna más rijosa del estadio mientras los hinchas culpan al del silbato. Cómo hacen esos jueces para soportar tantos minutos de groserías e incriminaciones, unas veces ciertas y otras sólo porque así ha sido siempre; sin duda, requiere la vocación de un guardia suizo en el Vaticano. Para eso se necesita algo más grueso que la vestimenta negra –aunque ya se les permite usar colores menos fúnebres– y más armas que el pito y las tarjetas.

Gustavo Marcovich escribe que el árbitro es verdugo y condenado al mismo tiempo. En realidad --dice-- “el árbitro tiene miedo”. Es un temor real, porque el responsable de vigilar el reglamento debe terminar el partido sin alteraciones graves; que nadie muera y en especial aquel que porta el silbato.

No es exageración ni asunto de existencialismos. El miedo a equivocarse y a las consecuencias que se desaten tiene episodios documentados. En un partido Brasil contra Hungría en el Mundial de 1954 el árbitro Arthur Ellis expulsó a dos canarinhos que estaban histéricos e incontrolables. Aquel........

© La Jornada