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Narradores orales/ Elena Poniatowska

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31.05.2026

En su momento, Denis Diderot, el gran enciclopedista, escribió que el hombre tiene memoria, razón e imaginación, tres cosas fundamentales con las que todo ser humano saludable nace y nadie puede quitarle. Por ello, todos los pueblos han contado historias de generación en generación desde el principio de los tiempos, alrededor de una hoguera y marcado la memoria de sus tribus.

Desde hace más de 35 años, el Foro Internacional de Narradores Orales FINO, dirigido por el mexicano, Armando Trejo y el panameño Rubén Corbet, se dedica a preservar el arte de la palabra a través de cuentos, mitos, leyendas y poesía en voz alta.

–Armando, ¿cómo iniciaron este foro de narración oral?

–Todo comenzó en Cuba, con el dramaturgo y poeta Francisco Garzón Céspedes, funcionario de la Casa de las Américas en los años 70. Así como se escribe un monólogo, un hombre, una mujer o un niño pueden contar un cuento. Desde la biblioteca José Martí de La Habana, el maestro Garzón empezó a investigar la bibliografía de lo que se conoce como la Escuela Escandinava. Los cuentacuentos, escritores y poetas de esa región europea ya se habían dado cuenta de que fomentar la lectura mediante cuentos y cuenteros es una manera más íntima y personal de transmitir, y poco a poco creó una metodología para narrar historias en las aulas.

–Armando, ¿ustedes van más allá de las aulas y las bibliotecas porque captan la atención de quienes se encuentran en plazas, mercados y parques públicos…

–Sí, cuando hablamos de cuentacuentos, el público piensa que los destinatarios sólo pueden ser niños, pero la propuesta del maestro Garzón no era la de un cuentero en un espacio cerrado, sino la formación de adultos que tienen la capacidad de contar su propia historia. No es el cuento teatralizado, con escenografías y vestuarios, sino la comunicación como hacemos tú y yo ahora, y lo hicimos de niños, cuando escuchábamos a los adultos en sus tertulias.

–Yo vine de Panamá para estudiar medicina; soy ortopedista y me hice narrador de cuentos; el problema surgió cuando regresé a Panamá. A mi padre no le gustó que yo contara cuentos e hiciera espectáculos como hice en Inglaterra, Edimburgo, Jamaica y la Ciudad de México, y me reclamó: “¿cómo me sales ahora de cuentacuentos?” Él quería que yo fuera un cirujano dentro de un quirófano, pero le salió un artista al que todos consultan para aprender a vivir. Tuve una gran recompensa la primera vez que mi padre........

© La Jornada