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Tres días bastaron: el terremoto que puso a prueba el discurso de Abelardo

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19.08.2026

Colombia no había terminado de asimilar el cambio de Gobierno cuando la tierra recordó, con una violencia brutal, que existen realidades que no entienden de campañas electorales, discursos ideológicos ni ceremonias de posesión. El lunes 10 de agosto, apenas tres días después de que el ultraderechista Abelardo de la Espriella asumiera la Presidencia de la República, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió buena parte del territorio nacional y dejó una tragedia cuya dimensión todavía estamos intentando comprender. Los balances conocidos durante las horas siguientes comenzaron a hablar de casi 300 personas fallecidas, miles de heridos, viviendas destruidas, infraestructura afectada y comunidades enteras enfrentadas al miedo, la incertidumbre y la pérdida. Las cifras, como ocurre siempre en estas tragedias, continuarán modificándose mientras los organismos de socorro recorren los territorios afectados y avanzan las labores de búsqueda.

El azar convirtió así una catástrofe natural en la primera gran prueba del nuevo Gobierno. Y no solamente en una prueba sobre su capacidad para coordinar organismos de emergencia, movilizar recursos, garantizar seguridad o comenzar la reconstrucción. Lo ocurrido está confrontando tempranamente al nuevo presidente con algunas de las ideas que defendió durante la campaña y, especialmente, con su discurso sobre el tamaño del Estado, la austeridad y la eliminación o transformación de instituciones públicas. O que el nuevo ministro de Vivienda se vaya a la playa estos días. Hay momentos en los que una discusión política puede desarrollarse durante años en columnas, debates televisivos y programas electorales sin encontrar una respuesta definitiva; y hay otros en los que la realidad irrumpe y obliga a contrastar las consignas con las necesidades concretas de una sociedad. El terremoto del 10 de agosto pertenece claramente a la segunda categoría.

Un presidente estrenado entre los escombros

Hay que comenzar reconociendo algo que cualquier análisis serio debería admitir: el Estado reaccionó tarde y el Gobierno finalmente activó los mecanismos institucionales disponibles. De La Espriella finalmente suspendió parte de su agenda, convocó instancias de coordinación, se desplazó hacia regiones afectadas y posteriormente fue declarado el desastre de carácter nacional, abriendo la posibilidad de movilizar recursos extraordinarios para atender la emergencia. Organismos de socorro, autoridades territoriales, personal sanitario, Fuerza Pública, servidores públicos y comunidades comenzaron una carrera contra el tiempo para encontrar sobrevivientes, atender heridos, evaluar estructuras y garantizar condiciones mínimas de seguridad. Decir simplemente que el Gobierno no hizo nada sería desconocer esa respuesta institucional y, sobre todo, invisibilizar el trabajo de miles de personas que desde diferentes entidades públicas han estado enfrentando las consecuencias del desastre, pero también hay que aclarar que ha sido la ciudadanía organizada, la gente en los barrios, las organizaciones sociales y comunitarias las que han llevado el peso de la búsqueda y la construcción de redes de solidaridad.

Además, mientras la maquinaria institucional comenzaba lentamente a funcionar, las primeras intervenciones públicas del presidente generaron una controversia diferente. Algunas imágenes de De La Espriella sonriendo, haciendo gestos distendidos y realizando referencias religiosas mientras comunicaba información........

© La Haine