23 años de paz
Como persona que pronto encarará la crisis de los 40 (aunque llevo en crisis toda mi vida) siento una leve melancolía cuando sacan, 23 años después, las pegatinas y chapas del ‘No a la Guerra’. Sentimiento provocado no tanto porque sean los mismos: esa mezcla de comunistas trasnochados (disculpen la redundancia), activistas de alfombra roja, pancarteros a sueldo y antiimperialistas nostálgicos del mayor imperio del siglo XX, sino porque el que ya no es el mismo soy yo.
En aquel país que ya fue, y donde las movilizaciones eran contra José María Aznar y su amigo texano, tenía 15 años y todo por delante, experimentaba con la primera novieta ese abanico de variaciones que la naturaleza y la imaginación ofrecen para la unión humana, y ya me iba quedando claro que la lujuria está mal ubicada como pecado capital.Aunque para Gardel 20 años no es nada, aquí parece un mundo. Quizá por haber vivido demasiado deprisa, o por los grandes cambios en la manera de pensar que van asociados a madurar, leer, ver y viajar, o viajar viendo, adquiriendo experiencia, muchas primeras veces, algunos finales, utopías rotas o el amargo despertar del sueño de las revoluciones.Hace 23 años éramos muy jóvenes y muy idiotas, repetíamos un breve repertorio de consignas desde el más absoluto desconocimiento, pero con esa impetuosa determinación que sólo puedes tener cuando eres adolescente y estás lleno de certezas y de hormonas, pero muy verde en todo lo demás. Jugábamos a la insurrección desde la España feliz previa al 11-M. Luego llegaron los atentados que cambiaron a España de forma abrupta mientras, entre el recuento de tantos muertos, no lograba entender lo que pasó. Lo jodido es que, más de dos décadas después aún sigo (seguimos) sin saberlo.
Estamos en un vertiginoso 2026 y ahora ni siquiera el ‘No a la Guerra’ es lo que era, como cuando se repitió Woodstock en el 99 y fue un desastre. No pueden reverdecer los viejos laureles, recuperar el esplendor en la hierba, como en la película de Elia Kazan. Somos, tal vez, más conscientes de lo irreversible del tiempo vivido, que no volveremos a tener 15 años y esa inocencia salvaje, la adorable ingenuidad del bobito que se cree comunista y busca camisetas y banderas con las que engalonar el pecho y la habitación.Las manifestaciones no son masivas (aunque gente bastante mayor puede disfrutar de la inolvidable experiencia de ir por el Paseo del Prado pegando berridos), los jóvenes están a otras cosas, y sólo alguien como Javier Bardem aparece en los Emmy con la kufiya y el puño en alto, lo que demuestra que además de sus notables dotes actorales, ha desarrollado la virtud de ser radicalmente impermeable a la vergüenza ajena. Igual en los Oscar, con la habitual parafernalia con la que presenta el lado tan amable como falso y grotesco. «23 años después la misma pegatina», decía. Como si nada hubiera cambiado.Es curioso, porque evidencian que en 23 años no han tenido más oportunidades para manifestarse en contra de conflicto alguno, si acaso por eso del «genocidio» en Palestina, pero que es una ramificación de las grandes hostilidades con Irán como el mayor financiador del terrorismo mundial.
23 años de santa paz, de Bush Jr. a Trump, sin que ninguna hostilidad armada alterara sus comprometidas conciencias. Un mundo en calma permanente, una balsa de aceite. 23 años con las chapas cogiendo polvo. Es verdad que Obama bombardeó al menos siete países, que Libia fue una operación calculada y se quitaron del medio a Gadafi (que terminó brutalmente linchado y empalado) cuando ya no les servía a sus intereses. Pero eso ocurrió con el Partido Demócrata y además Obama era negro (lo sigue siendo) y Premio Nobel de la Paz.
En un país donde la vida de un turista de 20 años vale lo que vale su teléfono móvil, se enfadan los progres posturetas porque, a base de misilazos, se están cepillando a los jerarcas de la teocracia islamista que lleva desde 1979 tiranizando Irán.Las formas del grosero Donald Trump pueden ser discutibles, sobre todo en lo concerniente al trato con sus aliados, pero el fondo es el mencionado.La República Islámica de Irán es el único estado del mundo que en su doctrina oficial tiene incluido como objetivo prioritario la completa aniquilación de otro país. La frase, repetida por los líderes supremos, de «Israel debe ser borrado del mapa» por lo visto es muy rica en matices y sutilezas, abierta a múltiples interpretaciones.Israel ha decidido, de forma incomprensible, claro, que antes de que les borren del mapa a ellos, prefieren un mapa del vecindario geopolítico donde ya hayan mandado al paraíso de las huríes a todos los integristas del odio, con sus barbas y sus turbantes, y el dedito levantado que ya no se lo van a levantar a nadie más.
Los lamentos por la muerte de Jameneí el primer día de ataques, desde la extema izquierda a la extrema derecha ridículamente nazi, llamaron bastante la atención. Alguno estaba tan cabreado y afligido que parecía que habían bombardeado a su propio padre. Jameneí, además de eficaz asesino, era un personaje elemental en la represión sobre los civiles, cuyo norte se fundamentaba en el ejercicio despiadado de la fuerza bruta. Seguía manteniendo Irán como su propio feudo, en el que reinaba como sátrapa medieval.
Es verdad que ya no veo en los izquierdistas islamofílicos, doctrinarios y radicales, como ve la mayoría, un puñado de locos que combinan el activismo con la ignorancia; sino que los considero un inmenso peligro, por los cuales experimento, además, la más saludable repugnancia.
Pero hay sensaciones escondidas en el pasado que destapan estas manifestaciones de merchandising perroflautero con cartulina y bocadillo. Como dije, sobrevienen recuerdos de un pasado en el que me encaramaba al balcón de la vida, todavía cuando asomaba la primera pelusilla en la barba que ahora ya despunta canas. Quién pudiera volver a ser tan tonto, para simpatizar de forma entrañable con los que tenemos por aquí pululando.
