Los bandazos de Herrero
Parece que ha causado impacto y sorpresa en la opinión pública que Miguel Herrero de Miñón, uno de los «padres» de la pisoteada Constitución del 78, se haya mostrado partidario, a sus 85 años, de hacer legal y constitucional la práctica criminal del aborto. Puede decirse de Herrero, como de los futbolistas paquetes, que ha ido de mal en peor, dando tumbos toda su vida por lo políticamente correcto, como centrista que siempre ha sido, hasta acabar travestido de socialista, que quizá es lo que siempre quiso ser. Sus continuas colaboraciones con el Grupo Prisa así parecen insinuarlo, al menos.
Lo normal es que el paso de los años le haga a uno más sabio, no más tonto. Que la impulsividad y el poco juicio de la juventud muten en sensatez e integridad ya con las primeras canas; pero se ve que Herrero, a quien siempre le ha gustado guiñar un ojo al PSOE desde su conservadurismo de celofán, ha evolucionado en la dirección contraria a la que es más habitual: hace años se consideraba a sí mismo «provida», y en cambio ahora (que probablemente juegue los domingos con sus nietos) está a favor de liquidar a los no nacidos desde la misma Carta Magna. Es lo que tiene ser «de centro», que nunca acaba uno de centrarse en casi nada.
De ninguna manera puede sorprender este penoso epitafio político de Herrero de Miñón a quienes recordamos cómo, tanto la UCD primero como el CDS después, cuando empezó a declinar Suárez, fueron dejando ese espacio inane a la derecha que entonces representaba Alianza Popular. Y cómo aquellos polvos (la aceptación unánime del regreso de Carrillo y el PCE, la tolerancia con el separatismo, la criminalización y el señalamiento de los patriotas con la excusa del 23-F, etc.) fueron configurando los cimientos de la España irreconocible que padecemos hoy; una nación enteramente a merced de sus peores enemigos.
Sólo hay que ver cómo un personajillo mediocre y vulgar como Rufián, que normalmente no hubiera pasado de botones con labia en un hotel de tres estrellas, se presenta hoy como la esperanza de la izquierda política, por supuesto con perspectiva separatista y de género. Rufián es hoy en el Congreso lo que Sarah Santaolalla en la televisión: unos forúnculos apestosos (es un decir) que por no haber sido eliminados a tiempo, se han enquistado de forma sorprendente. Y ahora ya, a ver quién es el listo que les mete mano. El amigo de Vito Quiles ha mutado en un Companys de pacotilla para rearmar la antiespaña desde Cataluña, y la novia de Ruiz sienta cátedra desde la televisión pública como si fuese Oriana Fallaci. Vivir para ver.
Los bandazos existenciales de Herrero no son muy distintos a los que daba, en su prime, el popular Gallardón, si bien éste abandonó el Gobierno de Rajoy por no poder sacar adelante una ley del aborto ligeramente más restrictiva que la socialista de Zapatero, la «ley Aído». Luego, Mariano, con su proverbial dontancredismo, dejó que el TC guardase silencio durante más de diez años sobre el asunto, manteniendo la ley socialista casi intacta. Recordemos que, para Rajoy, «la economía lo es todo», y por tanto, la vida humana no vale casi nada. No está mal la frasecita para un presidente del Gobierno que subió los impuestos más de lo que pedían los comunistas. «Keynes lo es todo», parece que quiso decir.
La enseñanza que nos deja el lamentable episodio de Herrero de Miñón es que se puede estar medio siglo dedicado a la política y no hacer ni una sola cosa buena para una nación. Porque como decían los clásicos, son la limpieza del alma y las más elevadas intenciones lo que hace al hombre bueno para luchar por el bien común. Que Dios perdone a tantos rufianes que, al igual que Herrero, usaron y usan la política para medrar y acaparar honores propios, dejando para los demás pobreza y muerte.
