La esperanza renovada
Vence hoy Nuestro Señor a la muerte y al pecado. Y es bueno que lo recordemos, porque el mundo actual es más un Viernes Santo prolongado que un Domingo de Resurrección. Satán se enseñorea en todos los rincones del orbe gracias al limbo moral en que nos han introducido las ideologías aberrantes. El sucio relativismo lo inunda casi todo. Apenas hay sitio para la esperanza en los hombres; pero hoy Cristo nos recuerda que hay vida eterna para todos los que creemos en Él. Y eso significa renovar nuestra esperanza.
La Semana Santa, con sus imágenes y procesiones, nos da todos los años la temperatura de la fe popular de los españoles. Algunos piensan que la imaginería está lejos de la verdadera religiosidad, que debe llevar al recogimiento de la oración. Pero otros pensamos que ambas cosas se complementan; y que estos días de saetas y lágrimas de emoción son una respuesta al anticlericalismo institucional, al odium fidei como forma permanente de hacer política desde la izquierda y a veces desde la derecha desnortada. Es una forma de evidenciar que España sigue siendo católica, aunque lo sea «a su manera».
Muchas familias se han juntado estos días atrás. Han aparcado sus problemas laborales y sus apreturas económicas, y traen el maletero del coche lleno de queso del bueno y mermelada sin conservantes. Han compartido, se han reído, han vuelto a darse cuenta de lo que se quiere a esas personas que han estado cerca en tantos momentos importantes, aunque luego las circunstancias nos hayan separado. Y entre cerveza y cerveza, han tenido tiempo de estar en algún paso de Semana Santa para mirar a los ojos a ese Cristo flagelado en la columna; o a esa Virgen Dolorosa que no sólo llora por su Hijo, sino también por todos los que viven lejos de Él.
Tiene un problema la humanidad, por encima de cualquier otro, y es su pertinaz empecinamiento en repetir los mismos errores colectivos, una vez tras otra. El curso de la Historia no solamente no enseña al hombre a seguir el camino que Cristo nos enseñó, sino que, en un instinto suicida, en una suprema irracionalidad, hace del odio, la soberbia, la mentira y la envidia las formas habituales de relacionarse con el prójimo. Exactamente lo contrario de lo que el Hombre y Dios que hoy Resucita nos pidió que hiciéramos. Solamente así, viviendo en la Gracia y aborreciendo el pecado, resucitaremos también nosotros, como Él nos prometió.
Vence hoy Nuestro Señor a la muerte, y nos renueva en la esperanza ante un mundo que se nos cae a pedazos, envuelto otra vez en el fuego de la guerra. Veintiún siglos no han sido suficientes para enseñarnos las reglas básicas de la paz, que necesariamente pasan por el respeto a la ley de Dios, el bien común y la moral objetiva. La violencia, salvo en aquellos casos en que es necesaria para salvar un bien superior, es el síntoma inequívoco de un fracaso. Cristo vino al mundo, entre otras cosas, para enseñarnos esto. Para decirnos que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia Católica, única depositaria del mensaje completo de la salvación.
El Hombre que entró en Jerusalén al comienzo de la Pascua, aclamado y vitoreado por el pueblo entre palmas y ramas de olivo, murió brutalmente asesinado el Viernes Santo tras ser condenado por muchos de los que habían presenciado sus milagros y se habían beneficiado de ellos. La muerte deja siempre un rastro de impotencia y de pesimismo. Pero la muerte no es el final y Satanás nunca ha tenido la última palabra. Hoy vence Nuestro Señor a las tinieblas, y su victoria nos acerca a nosotros al Cielo eterno.
