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Las farolas

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El otro día, en la terraza de un bar, vi sonar la muñeca de un niño que apenas levantaba un palmo sobre el velador. Dejó la magdalena, se llevó el antebrazo a la oreja con soltura de bróker interrumpido y dijo que sí, mamá, que estaba en el bar, que había pedido zumo. Después colgó, o lo que se haga ahora con las muñecas, y volvió a la magdalena con la calma de quien lleva toda la vida rindiendo cuentas por radio. La madre no estaba. La madre era una voz que salía del reloj, y el reloj, leí luego, era el regalo de moda para los de cinco y seis años, un cacharro que llama, escribe y localiza a la criatura por GPS con precisión de misil, y cuyas ventas habían crecido un cuarenta por ciento en dos años. El aparato vibró otra vez sobre el mármol como una avispa metida en un vaso. El niño ni lo miró. Los veteranos de cualquier guerra acaban durmiendo con el walkie encendido.

Los de mi quinta fuimos niños por el procedimiento contrario, el de que nadie supiera nunca dónde........

© La Gaceta