Mi capirote y yo
España no es un país «aconfesional». Lo que es «aconfesional» es el Estado. El término «aconfesionalidad», en política, significa que el Estado no se identifica formalmente con ninguna confesión religiosa en particular. Ahora bien, un país es algo más que un Estado. El Estado sólo es la maquinaria administrativa que organiza —mejor o peor— una comunidad política. Un país es, además y sobre todo, un conjunto de gente, una identidad colectiva, una cultura heredada, una lengua común, una historia compartida, unos referentes estéticos, unas creencias generales más o menos homogéneas, también un cierto estilo de vida. A eso podemos llamarlo nación, incluso en el caso de aquellos países que, como España, llevan medio siglo sujetos a un proceso de desnacionalización galopante. Y todas esas cosas, en España, en «este país», son irremediablemente católicas, por más que una porción importante del paisanaje ya no crea en Dios y por más que el Estado se obstine en presentarse como «aconfesional».
La Semana Santa es un perfecto ejemplo de esa catolicidad irrefutable de España. Está en todas partes, lo envuelve todo como una atmósfera particular, es un color que tiñe durante días la vida colectiva. «Lo era», podría decir alguno. No: lo ha vuelto a ser, y esta es la gran noticia. La explosión de religiosidad popular ha sido tan palpable, tan visible, que ha sorprendido a propios y extraños (sobre todo a extraños, cuyos habituales salivazos cristianófobos e hispanófobos, ya tópicos, han sonado más viejunos que nunca). Aquí hay algo que ha retornado de manera inesperada, lo cual abre horizontes muy prometedores. Por eso resultó tan desolador, por ejemplo, escuchar las palabras del obispo de Málaga el Jueves Santo, en la ceremonia del paseo del Cristo de la Buena Muerte a hombros de los legionarios. Se empeñaba mucho el buen prelado en subrayar que aquí se trataba de reunir en un deseo común de paz a las gentes de todas las creencias y todas las ideas. Hermosos deseos, pero formulados de un modo un tanto extemporáneo en una ceremonia religiosa, es más, en una ceremonia que sólo tiene sentido porque es religiosa y de una religión concreta.
El obispo no estaba hablando como el pastor de los creyentes que es —o que debería ser—, sino como administrador legal de la aconfesionalidad del Estado. Y no, monseñor, usted no es eso. Ese solideo púrpura que le cubre la coronilla simboliza una identidad colectiva, incluso si usted no se reconoce en ella. En ese sentido, las palabras de monseñor Satué —que este era el obispo— se parecían demasiado al necio mensaje del Gobierno explicando las distintas modalidades de la Pascua en las religiones judeocristianas, ejemplo supremo de incomodidad disfrazada de benevolencia. Es llamativa esta convergencia de las instituciones en el borrado de la identidad. Uno de los rasgos mayores de nuestro tiempo es el abismo creciente que separa a las elites y al pueblo, y eso pasa en todos los órdenes, incluido el religioso. Al final, lo que el pueblo le pediría a un obispo es tan simple como esto: «explícame otra vez por qué soy cristiano, explícame otra vez quién soy». Porque es, en efecto, cuestión de identidad, y todo lo que se ha vivido esta semana en España, y que tantos creían que no volverían a ver, ha tenido mucho de reacción identitaria. Y es bueno que así sea.
Lo más importante, sin embargo, empieza ahora. Porque ese país que se ha echado a la calle para ver procesiones y emocionarse con el paso del Nazareno o de la Dolorosa es el mismo cuyo Gobierno profana tumbas y arranca cruces, el mismo cuya cultura retrocede ante la imposición de religiones extranjeras; es el mismo país que ha matado a Noelia. Y desde ahora y hasta el próximo Domingo de Ramos, quien va a llevar la voz cantante es precisamente ese otro país, omnipresente en los medios oficiales y en las instituciones, mientras que el pueblo de los capirotes y las procesiones volverá a quedar bajo tierra, sepultado por la máquina abrumadora del poder y sus discursos, apenas visible al fondo de algunas grietas en la superficie. Quizá va siendo hora de que las grietas se abran y todo eso que el poder quiere enterrar emerja, como lava, y calcine este Estado sin nombre, sin identidad y sin alma. El «Estado aconfesional» que se inquieta por el retorno de la piedad popular. El Estado que mató a Noelia.
