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La des-razón o la izquierda como problema psicológico

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10.03.2026

Des-razón. No se me ocurre otra fórmula para definir el singular fenómeno psicológico que estamos viendo en las bases de la izquierda española, dispuesta a creerse cualquier cosa por evidentemente falsa que sea, con tal de mantener en pie sus prejuicios. El espectáculo de credulidad desplegado en torno al «no a la guerra» deja literalmente boquiabierto. Todo el mundo ha podido ver la actividad en las bases americanas en suelo español, todo el mundo ha podido ver la fragata española en armas, todo el mundo ha podido ver al resto de los grandes países europeos adoptando una posición exactamente contraria a la de nuestro Gobierno, todo el mundo ha podido conocer -porque se ha publicado- el monto de las compras de armas del Gobierno Sánchez a los EEUU (26,5 millones en octubre-noviembre de 2025)… Pese a ello, el Gobierno y sus altavoces mediáticos insisten en vender la narración contraria: hemos vetado las bases a los americanos, nuestro barco no va a atacar sino a defender (¿?), el resto del mundo sigue mansamente el liderazgo pacifista de Sánchez y nosotros no compramos armas, sino que hacemos hospitales. Que el poder y sus medios traten de engañar al pueblo, y que frecuentemente lo consigan, no es novedad. La novedad es que el pueblo, o un sector notable de él, desee fervientemente ser engañado. Y eso es lo que le está pasando a la cepa inconmovible de la opinión de izquierdas española.

Es una pura desrazón porque aquí, un día, hubo una racionalidad, pero ha dejado de haberla. No es sólo algo irracional, porque lo irracional remite siempre a lo instintivo, al sentimiento primario que se desata sin necesidad de palabras, pero aquí hay sobre todo palabrería. Tampoco es eso que se llama “sinrazón” porque el término comunica arbitrariedad, injusticia (también locura), es decir, que implica la existencia de una razón antagónica (del mismo modo que la creencia en el Diablo implica la creencia en Dios, por ejemplo), pero aquí no hay nada de eso. Es desrazón del mismo modo que hay una descivilización, como dice Norbert Elías, o una desconstrucción al estilo derridiano: hubo una vez algo que se ha desmantelado y que ahora aparece descompuesto, roto, hecho pedazos. El viejo discurso de la neutralidad, el pacifismo, el antiamericanismo, etc., tenía un fondo racional porque se aplicaba a un contexto determinado, aun cuando con frecuencia no fuera otra cosa que una fachada. Ahora ese contexto ha desaparecido, de manera que el viejo discurso ha perdido todo su sentido objetivo y ya sólo reposa sobre sí mismo. Pero el verdadero creyente, incapaz de aceptar la realidad, prefiere seguir atado a los ensalmos que canta el chamán. Y cuanto más ásperos sean los hechos, más necesidad tendrá de seguir escuchando los conjuros, para que la vida le sea soportable.

Por eso la izquierda ve en la defensa del burka una batalla por la libertad de las mujeres, por ejemplo: vive en un mundo que ya ha dejado de ser racional. Es la misma razón (la misma desrazón) por la que, puesto en la tesitura de elegir entre el inmigrante ilegal que viola y la víctima autóctona violada, optará siempre por el primero. El discurso de la izquierda se ha convertido en un almacén caótico de prejuicios que ya han dejado de ser inteligibles para todo el que no sea un verdadero creyente. Por eso ya no hace política, sino sólo relatos: los asesores del presidente son guionistas de televisión, los ministros son tuiteros (o vendedores de veneno) y el control de los medios es más importante que el parlamento. Todo es una sola fuerza puesta al servicio de la única misión crucial: bombardear los oídos de sus últimos fieles con una avalancha de discursos para que la desrazón parezca racional. La estampa final será la de un individuo sentado en el suelo, sonrisa bobalicona en el rostro, absorto en sus prejuicios, satisfecho de sí mismo mientras el mundo se ha derrumbado a su alrededor. La izquierda ha dejado de ser un problema político. Ya es un problema psicológico.


© La Gaceta