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El hierro y el oro… y el interés nacional

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17.02.2026

Pedro Sánchez ha anunciado la creación de un «fondo soberano» para allegar fondos, movilizar dinero a través del Instituto de Crédito Oficial y utilizarlo para invertir en empresas estratégicas y en crear vivienda. Sobre el papel, no suena mal. Máxime en los tiempos presentes, en los que vuelve a contar eso que se llama interés nacional. Pero, como casi todo en este hombre, en realidad se trata de una gigantesca estafa. El dinero para llenar ese fondo va a venir —si viene— de préstamos europeos, es decir, de deuda. Y eso es exactamente lo que no hay que hacer, porque, si dependes del dinero de otro, entonces no eres «soberano».

Noruega dispone desde 1990 de un fondo de inversión soberano sobre la base de los ingresos que obtiene por su petróleo y su gas, es decir, sus materias primas: las explota, comercia con ellas y los ingresos los destina a ese fondo, lo cual ha permitido a este país construir el mayor fondo soberano del mundo. Este sí es soberano: porque no depende de otro, sino de los propios recursos.

Lo dramático es que España podría hacer lo mismo que Noruega. Nuestro país 

posee recursos naturales bien conocidos: gas, petróleo, uranio, tierras raras, oro… Sabemos dónde están y, en muchos casos, sabemos incluso cuánto hay. Nuestras reservas de gas, uranio y tierras raras, por ejemplo, permitirían satisfacer sobradamente nuestras necesidades durante decenios e incluso exportar buena parte de ellas al resto de Europa. También tenemos el talento técnico necesario para explotar todo eso y ponerlo al servicio del interés nacional. No lo hemos hecho. Y no solamente no lo hemos hecho, sino que nuestros gobiernos han aprobado normas que vetan expresamente explotar nuestros propios recursos. El resultado es que España padece una dependencia energética del exterior en torno al 68% (la media europea es diez puntos inferior). ¿Por qué no explotamos nuestros recursos? Ciertamente, no por consideraciones ecológicas (eso sólo es la cobertura retórica), sino porque la clase política española ha decidido hace tiempo subordinar nuestro interés nacional a otros agentes, ya sea por presión de la Unión Europea, ya por la siempre opaca connivencia con la corona de Marruecos o ya, simplemente, por el interés privado de lobbies energéticos (y con frecuencia, las tres cosas al mismo tiempo).

El paisaje es descabellado. España tiene los recursos necesarios para asegurar su independencia energética, exportar y, aún más, construir sobre esa base un fondo soberano que alivie la insostenible y ya crónica deuda del país. Por otra parte, un desarrollo orientado en esa dirección generaría empleo de más calidad, aliviaría nuestra dependencia de un sector servicios dominado por la temporalidad y mejoraría ostensible nuestro sistema productivo. Esto no es ningún secreto: todo el mundo sabe que es posible, pero nunca se ha hecho. Porque hemos preferido resignar nuestra soberanía en otras instancias.

Quizá ha llegado el momento de darle la vuelta a todo eso. Si la relación entre las naciones vuelve a definirse en términos de interés nacional, como está pasando, es prioritario construir un proyecto de poder soberano, y eso pasa inevitablemente por allegar los recursos precisos para sostenerlo. El objetivo de un poder político legítimo no es imponerse sobre los demás, sino, ante todo, garantizar la supervivencia libre de la propia comunidad política. El conflicto con otro u otros es una opción siempre abierta, pero en realidad sólo cabe cuando esos otros amenazan tu supervivencia. ¿Cómo se garantiza la supervivencia? Dotándose de los instrumentos necesarios y suficientes. En la política real, material, esos instrumentos son ante todo de naturaleza económica, entendido el término en toda la amplitud de su origen etimológico, el «gobierno de la casa». Por ejemplo, nuestros recursos.

«Ferro et auro» es el título de una de las Empresas Políticas de Saavedra Fajardo (1584-1648). El acero y el oro. No hay poder si no hay riqueza suficiente para mantenerlo. Aquí tenemos otra tarea urgente, porque España, en materia económica, se ha convertido en un país absolutamente subordinado a intereses rara vez transparentes. Y si no hay una mínima soberanía económica, entonces cualquier proyecto nacional está irremediablemente condenado a perecer. Crecer en poder, en definitiva. Ferro et auro. Palabras que sonarán terribles en los oídos de muchos, tal vez. Sí, los oídos de esos que nos han convertido en una nación subordinada. Pero habrá que empezar a hablar otro lenguaje si queremos sobrevivir.


© La Gaceta