Apología del paleto
Fue que VOX propuso en la Asamblea de Madrid que los jóvenes locales tuvieran preferencia a la hora de optar a una vivienda, e Isabel Díaz Ayuso, desde lo alto de su hegemonía parlamentaria, repuso que si acaso VOX quería que Madrid se convirtiera en una ciudad de paletos. Y a lo mejor no era exactamente eso lo que quiso decir, pero es lo que todo el mundo entendió. El mero empleo de la palabra «paleto» ya era, ya es, una declaración de intenciones: en el Madrid cosmopolita del ayusismo hegemónico no cabe el paleto. Pero resulta que el paleto es el que ha nacido aquí, ese pueblo autóctono que hoy se ha convertido en el perdedor del mundo nuevo, despreciado por una izquierda que sólo te quiere si eres una «persona marrona», como dice Irene Montero, y arrinconado por una derecha que sólo te mira bien si traes dinero. Y así ha brotado ante nosotros el paleto como categoría política.
Es muy interesante porque la reivindicación del paleto, trasladado el caso a los Estados Unidos, fue precisamente la médula del discurso del vicepresidente J.D. Vance: el hillbilly, el paleto de las montañas despreciado por la gran clase oligárquica, ese sujeto menesteroso y deprimido que un día, hace años, pudo ganarse la vida con un trabajo honrado, y que incluso llegó a ser el icono de la sociedad del bienestar, pero que ahora, derrotado por la globalización, por la bajada general de salarios y por la precariedad, ha terminado condensando la imagen misma del fracaso. La izquierda ya no tiene nada que decirle a estos pobres diablos: son demasiado heterosexuales, demasiado tradicionales, demasiado cristianos, demasiado blancos. La izquierda prefiere hacerse un pueblo nuevo con los inmigrantes, los colectivos alienados de nuevo cuño, las víctimas eternas de lo racial o lo sexual, etc. La derecha convencional tampoco tiene un discurso para ellos: sigue demasiado atada al modelo del éxito económico, del dinero que corre sin freno. Ha sido otra derecha, la del populismo de Vance, la única que ha sabido decirle algo al hombre corriente.
Ayuso también había sabido decirle algo: durante la pandemia, cuando toda la inquina psicopática de Sánchez se concentró contra Madrid, Isabel Díaz Ayuso supo convertirse en el icono de la gente de a pie que quería abrir sus comercios, salir a respirar a la calle, llenar las terrazas… Ayuso supo ser la líder que la gente cualquiera, los paletos de Madrid, necesitaban. Aquello multiplicó su figura. Pero el sueño se acabó. Al final, y como suele pasarle a la vieja derecha, la seducción del dinero ha sido más fuerte. Ahora el «modelo Ayuso» ha evolucionado hacia una especie de Miami mesetario donde los ricos de Hispanoamérica vienen a comprar sus casas, invadir sus comercios, llenar sus calles, dejando tras de sí un reguero de oro que los hijos de los ricos marcan con las huellas de sus Golden Goose, 500 euros el par, para que todo el mundo sepa quién manda ahora aquí, y cogerse después un cabify que, naturalmente, conducirá también un hispanoamericano, pero de los pobres. Por eso, para el nuevo modelo Ayuso, pensar que el hijo del barrio tenga preferencia a la hora de optar a una vivienda es cosa de paletos. ¡Llenar Madrid de paletos! ¿Hábrase visto? ¡Pero qué atrevimiento!
El ayusismo goza de un innegable respaldo mediático y, por otra parte, Isabel aún conserva parte del aura que le proporcionó ser la heroína de la pandemia, pero me temo que esta metedura de pata va a ir más allá. Porque no es sólo un error: es la confesión involuntaria del modelo de sociedad que el PP tiene dentro, un modelo donde los paletos, los autóctonos, los de aquí, están condenados a ser los espectadores del progreso de otros. El mayor error de Hillary Clinton, en su campaña contra Trump, fue llamar «deplorables» a los seguidores de su oponente: la gran dama progresista, desde lo alto de sus prejuicios de clase, desdeñaba al pueblo. Esto de ahora se parece bastante: es el signo de un poder que empieza a sentir a su pueblo como algo molesto, un engorro, un estorbo para su proyecto. Tampoco puede extrañarnos: el divorcio entre las elites y el pueblo es el tono dominante en todas las sociedades occidentales. Los paletos les sobramos, eso es todo. Por eso cualquier verdadera alternativa, hoy, tendrá que pasar por la apología del paleto.
