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Señoritismo

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20.03.2026

Cuando José Antonio cambia el frac por la camisa azul escribe con pesadumbre que los más exaltados y exigentes nunca están en las horas difíciles. 

“Ya son bastantes los que cuando nos ven nos saludan con el brazo en alto. Pero da la casualidad de que muchos saludan así en presencia de un whisky, al que consagran, sorbo a sorbo, las mejores horas de un día cuyo rendimiento conocido empieza a la una de la tarde.

Esos mismos que así intercalan el saludo romano entre el whisky y nuestra presencia son los más apremiantes en sus censuras por nuestra lentitud, los más exigentes en los propósitos de represalias y los más radicales en la elección verbal de los procedimientos combativos.

Bueno es hacer constar que luego, a la hora de la verdad, no se halla a los tales repartiendo y recibiendo golpes. Ni, más modestamente, se los encuentra propicios a suministrar el más moderado auxilio económico”.

Él sabe de lo que habla, procede de una familia acomodada y frecuenta ambientes aristocráticos a veces con asco y otras con placer. En esos salones aún late la España que hasta 1912 mantiene el vergonzoso sistema de reclutamiento que permite a las clases acomodadas evitar el servicio militar pagando el deshonor, eso sí, a muy buen precio. A Marruecos que vayan a morir los pobres.

Porque es costumbre del señorito llegar a mesa puesta, cuando el trabajo más ingrato está hecho y por delante sólo quedan las mieles a repartir. José Antonio sostiene que el señorito es la degeneración del verdadero señor, del hidalgo que escribió las mejores páginas de nuestra historia. Y que uno reconoce al señor por su capacidad de renunciar a privilegios, comodidades y placeres en homenaje a una alta idea de servicio.

A menudo la historia es caprichosa y no atiende al currículum de un hombre cuando reserva para él las mejores páginas. Dos más dos no siempre son cuatro y no entender algo tan sencillo puede generar frustraciones. «Me lo merezco», grita Michel en Italia 90. Vale. Esta creencia es uno de los signos de nuestro tiempo, tan ridícula como juzgar otras épocas desde los parámetros morales actuales. No cabe mayor disparate, pero en este error caen desde reyes hasta marqueses. 

Los toreros dicen que el sufrimiento es parte de la gloria y quien no esté dispuesto a padecerlo no sabe nada de la vida. José Antonio lo comprende cuando las juventudes socialistas asesinan a tiros al joven falangista Matías Montero. Llovía sobre mojado. Los suyos caen como moscas en la calle, por eso en la prensa de la época circula un chiste que llama Funeraria Española a la Falange. ¡Este ha sido el último acto frívolo de mi vida!, grita José Antonio cuando conoce la noticia mientras disfruta de una jornada de caza en una distinguida finca.

Hoy, felizmente, no hay tiros, pero hemos visto a afiliados anónimos de Vox instalar carpas en lugares donde el retorno de su entrega es un salivazo o una paliza y no una entrevista en Atresmedia o con el juntaletras más arrastrado de Génova 13. 

Si el señoritismo tiene adicción a la dopamina la hidalguía alcanza la nobleza desde la sencillez y el ejemplo. Es imposible no acordarnos de aquel muchacho de Amurrio sacudiéndose a golpes a la chusma proetarra cuando juró como concejal del Ayuntamiento de Llodio —junto a Carlos Urquijo— en 2003. Entonces la palabra escrache aún no había llegado a España y estas cosas eran apenas un breve en las noticias porque en la calle había bombas y tiros por la espalda. Curtido de espanto, años antes el joven alavés acudía a la universidad con escolta y con su reglamentaria Smith & Wesson 9 milímetros parabellum, por si las moscas. 

Suponemos que vivir con la muerte pegada a los talones ayuda a desarrollar una inteligencia natural, un instinto de supervivencia que, como los toreros, logra detectar antes que nadie por dónde viene el peligro. A veces de fuera y otras dentro. 

A estas alturas a nadie puede sorprender que el primer proyecto político que triunfa a la derecha del sistema desde la Transición tenga a todos en contra. Unos, porque pone en riesgo su sistema de privilegios; otros, porque no pueden controlarlo desde fuera. Está claro que semejante éxito no iba a salir gratis. 

Cuando se escriba la historia del patriotismo del siglo XXI algunos no serán más que una triste nota a pie de página de la que no se acordarán ni quienes hoy les dan cinco minutos de gloria. Los listos, al parecer, son más señoritos que listos.


© La Gaceta