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Euforia de mínimos

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26.03.2026

Recientemente se han publicado los datos referentes al número de seminaristas existentes hoy en España: 1.066. En total 30 más que el año pasado. 

Algunos menos que en la década de 1960 en ciudades como Barcelona o Pamplona —contando también el seminario menor—, donde había más de 1.000 en cada una de las dos ciudades. Concretamente en esa década eran en España aproximadamente 8.000 los seminaristas en una población de treinta millones de personas. 

Es motivo de alegría que en los tiempos que corren dentro de la Iglesia y fuera de ella el número no sólo no haya disminuido sino que se haya incrementado aunque sea en treinta seminaristas nada más. Pero hablamos de una alegría muy comedida. 

Si tomamos un avión y viajamos a Guadalajara (México) tenemos un total de casi 400 seminaristas en una población que ronda los seis millones. Es decir, en España tenemos 21 seminaristas por millón, en Guadalajara más de 60. Y ¡tiene gracia! fuimos nosotros quienes les llevamos la fe. 

La proporción española se acerca más a la nigeriana, con la diferencia de que allí se juegan el pellejo como en ningún otro lugar del mundo, cosa que también llama poderosamente la atención. 

Sin duda es motivo de alegría que se mantenga el número, eso nos permite un pequeño respiro antes de enfrentarnos a la realidad ya existente en muchos lugares: pueblos sin sacerdote, sacerdotes sin pueblo —porque tienen que atender veinte parroquias—, parroquias que en las grandes ciudades bajan la persiana y un clero cada vez más envejecido que puede atender las parroquias a él encomendadas, gracias a la ayuda de Dios. 

Pero sería un error que esa alegría se convirtiera en una euforia de mínimos. Necesitamos con urgencia familias católicas, pues sin ellas no hay savia nueva que afluya a los seminarios. Y para tener familias cristianas hay que tomarse en serio la preparación y acompañamiento en el noviazgo y en el matrimonio. Si las familias cristianas se asemejan tanto a las paganas que son prácticamente indistinguibles, difícilmente habrá jóvenes en los seminarios. Y cada año que pasa el asunto se complica más. 

No pensemos que los seminaristas aumentan por lo bien que se forman en los seminarios. Aumentan gracias a las familias católicas. Y la buena formación en los seminarios favorece que esa respuesta generosa a la llamada de Dios sea perseverante y fiel.  

El número de seminaristas es el termómetro de la salud familiar, la fidelidad y la perseverancia de los seminaristas y futuros sacerdotes es el termómetro de la salud de los seminarios.

Celebremos estas cifras, alegrémonos con mesura de que se haya incrementado, aunque simbólicamente, el número de seminaristas, y no dejemos que una euforia de mínimos nos haga olvidar que, de seguir así, iremos a peor. Urge favorecer un humus católico que propicie la escucha de los jóvenes a la llamada de Dios y respondan a ella con generosidad. Y eso es, principalmente, responsabilidad de la Iglesia, y por tanto, también nuestra.


© La Gaceta