Es mi dinero
Lo escribió en otro siglo H. L. Mencken: «Cada elección es una especie de subasta anticipada de bienes robados». El político promedio español es un tipo que en un bautizo le arrebata el niño a la madre, sonríe a la parroquia, hace el gesto de victoria, y exclama: «¡miren qué bebé más bonito he traído al mundo!». Con buen criterio, la madre le explicará, oiga usted, lo he llevado yo nueve meses dentro, lo he parido yo y, sin ánimo de groserías, lo he encargado yo a París con la imprescindible ayuda de mi marido, en una lejana noche «en amores inflamada». A lo que el político responderá: «fake news».
Me exaspera la capacidad de ciertos mandatorios para atribuirse en primera persona éxitos que le son por completo ajenos, o peor aún, generosidades excesivas que nunca se producen con su dinero. Leo que Sánchez destina 5.000 millones a paliar la subida de precios por la guerra de Irán. El titular es de El País, y tampoco es original, porque es la idea en la que ha venido insistiendo el Gobierno en los últimos días. O sea que Sánchez, ejerciendo una vez más de salvador en medio de crisis que ha provocado o empeorado él mismo, se presenta ahora como millonario dadivoso, lanzando billetes al pueblo a su paso, y ayudando a cruzar a viejecitas en los pasos de cebra.
Quizá debamos empezar a insistir en esta idea. Sánchez no destina ni un céntimo a nada. Sánchez no construye puentes, ni trenes, ni carreteras. Sánchez no levanta viviendas. Sánchez no rescata aerolíneas. Sánchez no lanza planes de ayuda a los autónomos. Sánchez no regala un bono cultural para que los chavales puedan irse de copas gratis. Somos usted y yo, que tenemos la cartera secuestrada desde hace siete años por un manirroto, sí, Sánchez, y que cargamos en la yugular a una peligrosísima vampira, María Jesús Montero.
Los políticos en ejercicio de gobierno son gestores de los recursos ajenos. Es una maldita obviedad pero, tal y como están las cosas, hoy le dices esto a Patxi López y te grita: «¡bulo, bulo!». Otra obviedad controvertida: los políticos son servidores públicos. Están a nuestro servicio y desde luego no les debemos absolutamente nada, aunque en la España de Sánchez, cuando aparece uno que no es putero, traidor, ladrón, terrorista, o psicópata, nos brota ya como algo natural abrazarlo y darle besos en gesto de gratitud.
De todos los amigos de lo ajeno que pueblan los gobiernos de España, si hay algún político cuyo sobreactuado paternalismo me provoca anafilaxia testicular, es por supuesto Pedro Sánchez, cuando finge voz de cordero incólume para explicarnos que nos ha salvado la vida, que nos ha regalado tal o cual rebaja en el combustible, o que nos ha pagado el tren por ser joven, mujer, hombre tullido, jamaicano perdido en el espacio, o morsa transoceánica. Primero porque es mentira, como he dicho, que no lo paga él sino usted y yo y todos los sufridos contribuyentes. Segundo porque yo, como morsa transoceánica, tampoco le había pedido que me regalase ningún viaje en tren. Y tercero, y quizá sea lo más importante, si es posible aplicar esas medidas es exclusivamente por la voracidad fiscal pornográfica previa del Gobierno más incompetente y parásito de la historia de España.
Resulta insoportable esta inflación sobre la inflación en la cesta de la compra, la condena a la ruina de futuras generaciones por políticas energéticas tan estúpidas como corruptas, la brecha total entre el Gobierno y la realidad, entre el Gobierno y la calle, y que mantengan a autónomos, empresas, y familias enteras al fin, al borde del infarto cada fin de mes, tras el temido atraco mensual de la chupacirios más importante de la historia de la secta sanchista.
Dejen de presumir de hacer caridad conmigo con mi propio dinero. Dejen de robar. Dejen de arrojar migajas ajenas con desprecio al populacho. Dejen de enchufar a amigos, vecinos, y putas de nutrido catálogo en cargos innecesarios de la inmensa administración pública. Suelten todo lo que tienen en las manos, todo lo que no es suyo, es decir, todo menos la indigencia moral. Convoquen elecciones. Y vayan pasando ordenadamente, al fondo del pasillo, por la zona de tribunales, uno tras otro.
