El bien y la playa
Todo presente es una pesada losa sobre el tiempo. El futuro, un pellizco en la ansiedad. Y el pasado, un fantasma que se entromete sin avisar, a veces un simpático Casper, otras un monstruo depredador. La playa que se abre de golpe tras la arboleda, playa de cuando solo teníamos el futuro por delante, me ha lanzado a los días de los castillos de arena y de la ansiosa búsqueda del palito premiado en el helado. Agosto tiene algo de moderador entre etapas de la vida, que nos mueve el alma y la memoria con la marea, arriba y abajo, atrás y adelante, cambiando la dirección de la proa al albur y capricho de los mares.
Me ha dicho un amigo que se puede hacer el bien en cualquier lugar, por improbable que parezca, y la cerveza tibia del chiringuito me ha sabido mejor. Está la ría tan serena que las pequeñas olas de la orilla, más que romper, acarician la arena. Se está poniendo el sol tras los pinares y somos los últimos en irnos del arenal, porque hay momentos que uno querría volver eternos, cuando algo te dice que la memoria está guardando un recuerdo de belleza, aunque nunca tienes la certeza en el momento, ni siquiera sabes cuándo cobrará importancia en el futuro.
Un chico lleva un buen rato recogiendo........
