El dedito
«El moralista es, con frecuencia, alguien que se ocupa más de los pecados de los demás que de los suyos propios», escribía Henri-Frédéric Amiel. Esta es una de las paradojas de nuestro tiempo, la de creer que la moral —que es un proyecto personal e intransferible que tiene por fin autoperfeccionarse— sirve, en cambio, para señalar a los otros. Lo que debería servir para afinar la propia conciencia lo emplean demasiados para avergonzar la ajena y por tanto para poder sentirse, con esta maniobra, superior al otro.
Si alguien ha explicado esto bien, es nuestro Javier Gomá en Ejemplaridad pública; con la mala suerte de que debe haber unas mil personas que utilizan esa expresión, «ejemplaridad pública», mal y para atizar a los demás, por cada una que, por haberle leído, la utiliza adecuadamente. Explica Gomá que la ejemplaridad no es algo que se exige a los demás, sino, justo al revés, lo que uno ha de exigirse al ser expuesto a la ejemplaridad ajena. Si quieren saber quiénes lo entienden peor en el arco ideológico de nuestro país comprueben quienes les niegan una y otra vez una calle o una estatua a Ignacio Echeverría; a fin de cuentas, un héroe es una afrenta para los mediocres.
Decía Oscar Wilde que la moral es simplemente la actitud que adoptamos hacia las personas que no nos gustan. Bien, no es así, pero me sirve para explicar unas derivas más actuales y tontas de la historia, lo de «estar en el lado correcto de la historia». Tanto se ha sobado la expresión —tanto ha querido apropiársela la izquierda— que ha........
