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Cuando la ignorancia ya no produce risa

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06.03.2026

Ha tenido amplia difusión el vídeo que ha grabado una joven de veinticinco años para confesar que es incapaz de entender el vocabulario de Cumbres borrascosas. La muchacha adquirió la novela con la idea de leerla en tres o cuatro sentadas, pero a las primeras de cambio sus beneméritas intenciones se estrellaron contra una escollera de palabras incomprensibles. 

Ella esperaba —lo dice en el vídeo— algo más adaptado al lenguaje de la época, en la línea de los títulos facilones que sus profesores de Secundaria le habían hecho leer durante la época del instituto. No obstante, la experiencia ha ejercido sobre la joven un efecto revelador y del encuentro con este clásico de la literatura ha emergido un testimonio impregnado de un punto de consternación sincera.

Se ha querido ver en este documento un producto sociológico típico. La grabación de la chica habría servido para poner rostro a toda una generación de jóvenes aquejados de una alarmante precariedad expresiva. No hay lugar para la sorpresa aquí. A decir verdad, a nadie le habrá causado estupor el hecho de descubrir que una joven de la España de hoy, lectora asidua —por lo que ella misma comenta— de diversos géneros narrativos, carece de la base léxica imprescindible para avanzar sin dificultades a través de las páginas de una de las grandes novelas decimonónicas. Pero antes de analizar los motivos que han llevado a esta situación, hay que hacer varias apuntes en descargo de la protagonista del vídeo.

En primer lugar, es digna de encomio la curiosidad intelectual que demuestra la chica al aventurarse en el original de una obra cuyo título muy probablemente haya llegado a su conocimiento través de una reciente adaptación para el cine. De muchos de quienes la han criticado cabría asegurar que no han intentado leer una sola página de la novela en cuestión. Además, tras la tormenta de críticas, la joven grabó un segundo vídeo donde aclaraba que los obstáculos con los que se había encontrado, lejos de disuadirla de seguir adelante, se convirtieron en un acicate para perseverar en la lectura.

Aquí se detecta un punto de inflexión. Durante años, la confesión de la propia ignorancia ha sido motivo de celebraciones jocosas, incluso por parte del sujeto protagonista. Muchos estudiantes se jactaban de los disparates que perpetraban en sus exámenes; recuerdo que había reporteros que se apostaban a las puertas de los recintos universitarios para plantear a los chavales cuestiones de cultura general que, en medio de un coro de risas, eran respondidas frente a la cámara con el primer despropósito que a los interpelados se les pasara por la cabeza. 

Era entonces, quizá, una época de vida más fácil, de expectativas luminosas. Un tiempo en el que estudiando lo justo, e incluso menos de lo justo, uno se aseguraba un porvenir más o menos desahogado. Qué más daba desconocerlo casi todo de tu propia historia y de tu cultura, si lo que importaba, aparte de pasártelo bien, era sacarte un título y empezar a prosperar en la vida.

Pero ahora la ignorancia ya no nos produce tanta risa. Los tiempos se han vuelto sombríos. Se ve en la incultura un síntoma del deterioro social galopante y un pésimo marcador de época, anuncio tal vez de la crudeza del futuro que nos aguarda. Con la demografía alterada hasta extremos delirantes y viviendo ya bajo el peso de las repercusiones que ello acarrea en la esfera laboral, varias décadas de retroceso educativo y de rebaja del valor de los títulos académicos se van a cobrar un precio muy alto. El igualitarismo pedagógico, fundamento teórico de las nefastas leyes educativas que se han sucedido en el tiempo, ha cumplido a la perfección el propósito para el que fue diseñado: imposibilitar el ascenso de los menos pudientes y, en consecuencia, agrandar la brecha entre clases. 

Estamos, pues, ante un nuevo modo de estratificación social, producto de la aplicación de políticas educativas de genuino sesgo progresista que el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías ha terminado agravando. La imposibilidad de leer textos complejos trasluce carencias añadidas. Son multitud los jóvenes –y no tan jóvenes- incapaces tanto de mantener la concentración de manera sostenida como de cualquier otro esfuerzo intelectual prolongado. Dueños de un vocabulario anémico, su pensamiento se ha habituado a regirse por la ley del mínimo desgaste. 

Este modo de empobrecimiento cognitivo tiene derivaciones más amplias. Entre ellas, la irrupción de una masa acrítica, desprovista de recursos para dar forma a un pensamiento alternativo y víctima fácil de una patulea de gobernantes sin escrúpulos que utilizan los medios más toscos y ruines (modelo “Bono cultural”) para la compra masiva de voluntades. Lo fácil, entonces, en ensañarse con esta generación y convertirla en chivo expiatorio de una sociedad que naufraga. Es lo que le ocurrió a la lectora de Cumbres borrascosas. Pero somos nosotros, sus mayores, quienes hemos tolerado que todo el sistema se envilezca. Es algo que no deberíamos olvidar. Repito: somos nosotros quienes hemos gestado a la criatura.    


© La Gaceta