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¿Y qué tal un poco de gratitud?

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Hace poco, un amigo y compañero de profesión me comentaba el caso de un alumno que, en mitad de su clase, se había referido al instituto con la palabra «prisión». No es algo que sorprenda. Abundan los adolescentes para quienes la obligación diaria de acudir a un centro educativo es indistinguible del sometimiento a un régimen carcelario. ¿Ha sido siempre así? Es posible. La adolescencia es una edad reñida con el matiz. Se tiende a considerar la realidad en términos binarios. No existe una conexión nítida entre el lugar que uno ocupa en el mundo y las responsabilidades que ello acarrea. Por eso, el adolescente es propenso a confundir el privilegio que supone beneficiarse de un sistema de educación reglada con vivir bajo el peso de una condena equiparable a la de Sísifo.

El problema surge cuando esa misma mentalidad se extiende a la población adulta. Buena parte de los males que nos aquejan derivan del hecho de que no hemos aprendido a valorar lo que tenemos. Y como no lo valoramos, hemos dejado que la gestión del orden común recaiga en manos de una patulea de desaprensivos que han ido convirtiendo lo que hasta no hace mucho era una maquinaria razonablemente engrasada en un armatoste al borde del colapso. 

Era algo que se veía venir, y me temo que aún no hemos tocado fondo. Décadas de «cultura del progreso» han reducido las mentes a una escombrera. El destrozo es abrumador: basta asomarse a cualquiera de los canales de televisión de mayor audiencia para verificarlo. Se constata ahí la indigencia en que vivimos. Es la orquesta del Titanic que nos arrulla con su melodía narcótica justo en el momento en que el barco se va a pique.

Mientras las estructuras que nos acogen se van desintegrando, las reacciones pecan —como no podía ser de otro modo— de un exceso de emotivismo. Con cada nuevo despropósito, que la actualidad ubica en algún punto del eje entre la tragedia y la astracanada, escuchamos los ecos de una queja cuya intensidad decae con el tiempo. Es como la enésima protesta del niño que ya sospecha que sus papás no van a hacerle caso. Quedan el derecho al pataleo y el recurso al desahogo psicológico del meme como las dos últimas concesiones de un régimen que, por lo demás, nos succiona hasta las entrañas.

Pero volvamos un momento al caso del adolescente que confunde su aula del instituto con una estancia penitenciaria. Preguntémonos de dónde procede su percepción. Porque la respuesta es relativamente sencilla: procede de una sociedad que lo ha malcriado. Al parecer, nadie se ha tomado la molestia de explicarle que eso que él desprecia es en realidad una conquista social sostenida con el esfuerzo de muchos y destinada a darle la oportunidad de abrise paso en la vida. Nadie le ha abierto los ojos para exponerle, en los términos más diáfanos posibles, que la alternativa a madrugar cada día para ocupar su plaza en un aula no es un paraíso de dispositivos electrónicos y entretenimientos on line, sino la existencia desvalida y miserable que llevan en el mundo millones de niños que no gozan de la misma suerte que él.               

Al dedicarse a su sistemática adulación, la demagogia crea masas de ingratos. La ingratitud es el mal dominante en las sociedades que viven convencidas de que todo se les debe. Se cae en un infantilismo autoindulgente que consigue que la gente se crea que cada migaja que el poder le arroja en forma de derechos otorgados es fruto de una lucha denodada. Revertir esa dinámica no se antoja posible si primero no se produce un choque a gran escala contra el muro de la realidad. Algunos signos apuntan en ese sentido. De ahí que quizá sea el momento de madurar, es decir, de recuperar el sentido de lo que somos y de reivindicar el valor de los logros que atesoramos, la deuda de gratitud que contraímos con nuestros antepasados y la fiera voluntad de que todo ello no se eche a perder definitivamente en manos de una estirpe de sociópatas.        


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