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¿Y qué tal un poco de gratitud?

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17.04.2026

Hace poco, un amigo y compañero de profesión me comentaba el caso de un alumno que, en mitad de su clase, se había referido al instituto con la palabra «prisión». No es algo que sorprenda. Abundan los adolescentes para quienes la obligación diaria de acudir a un centro educativo es indistinguible del sometimiento a un régimen carcelario. ¿Ha sido siempre así? Es posible. La adolescencia es una edad reñida con el matiz. Se tiende a considerar la realidad en términos binarios. No existe una conexión nítida entre el lugar que uno ocupa en el mundo y las responsabilidades que ello acarrea. Por eso, el adolescente es propenso a confundir el privilegio que supone beneficiarse de un sistema de educación reglada con vivir bajo el peso de una condena equiparable a la de Sísifo.

El problema surge cuando esa misma mentalidad se extiende a la población adulta. Buena parte de los males que nos aquejan derivan del hecho de que no hemos aprendido a valorar lo que tenemos. Y como no lo........

© La Gaceta