¿Hay futuro?
Cierto grado de incertidumbre hace de la vida una experiencia estimulante. Miras hacia el horizonte y lo percibes abierto. Hay un ancho espacio para la sorpresa y la improvisación. Nada está decidido de antemano y mientras dura la posibilidad de que suceda lo imprevisto cada cual es dueño de escoger el color en el que desea envolver el futuro.
Es verdad que a medida que el tiempo pasa ese color se oscurece. El camino se estrecha, el paso del tiempo refrena nuestro impulso y el roce tantas veces inclemente con la realidad se encarga de enfriar la temperatura a la que se hornean nuestras ilusiones. Pero mientras uno es joven en su visión del porvenir predominan las gamas alegres, las tonalidades vivas. El futuro es un lugar apetecible abarrotado de una luz matinal. Partir a su encuentro es iniciar una aventura en el transcurso de la cual nos convertimos en la clase de persona que probablemente ya seremos para siempre. De modo que al iniciar la marcha —una marcha que se prolongará durante años, en la que habrá que superar infinidad de obstáculos y enfrentar incontables vértigos emocionales— conviene hacerlo provisto de una generosa reserva de confianza.
¿Y qué es la confianza? En pocas palabras, un sentimiento que dota de sentido a la existencia; algo parecido a abrigar la certeza de que, en cualquiera de los planos de la vida, nuestros esfuerzos acabarán dando sus frutos.
De modo que la confianza representa un factor de primer orden no sólo para el desarrollo íntegro de la persona, sino para garantizar que una sociedad prospere. Quien confía en llegar a la meta no duda en emprender el camino, y en las dificultades que le aguardan descubre un acicate para perseverar en su afán.
Ahora bien, la confianza rara vez emana solamente de uno mismo. Deben existir alrededor de la persona una serie de elementos que actúen como condición de posibilidad. El primero y más importante de ellos es sin duda la familia. Es de nuestros mayores de quienes recibimos no sólo el soporte material a partir del cual dar forma a nuestros proyectos, sino el aliento y la fe que necesitaremos para sobreponernos a las adversidades.
Pero, a su vez, la familia se inscribe en el contexto más amplio de la sociedad. Para encontrar un fundamento añadido a lo que hace, la persona debe crecer en un ambiente social sanamente constituido. Ello significa que, a nivel colectivo, virtudes tales como la constancia, el reconocimiento del mérito, el valor del trabajo o el ansia de perfeccionamiento individual deben figurar en los lugares más altos de la escala ética. O, de lo contrario, la quiebra moral está garantizada.
Y este es, me temo, el punto en el que nos encontramos. El problema esencial que nos aqueja es que para muchos de nuestros jóvenes el futuro ha dejado de ser un lugar atractivo. Durante generaciones, los padres han tratado de inculcar en sus hijos la sensata convicción de que una mezcla de talento y esfuerzo les serviría para desenvolverse con éxito en la vida. Sin embargo, ahora la duda, como un huésped huraño, se ha incrustado en el núcleo mismo de nuestra realidad. Decae la fe en que el porvenir se labre con las herramientas de la tenacidad. «Estudia», «aprende un oficio», «trabaja duro», «sé perseverante», hasta hace no mucho lugares comunes en la educación de cualquier adolescente, son palabras que empiezan a resonar con el eco mortecino de una fórmula hueca. Vemos cómo funciona el sistema: subvencionando la holgazanería, premiando a los golfos, promocionando a los ineptos, y entretanto una generación de jóvenes capaces no encuentra otro medio de abrir una ventana al futuro que marcharse lejos de su país.
No tener una casa propia, no poder formar una familia, carecer de un trabajo estable o suficientemente remunerado son lacras que condenan a los jóvenes a un estado de precariedad existencial que los arrastra a un callejón sin salida. De ahí que el poder eche mano de todo un arsenal de placebos con el que anestesiar las conciencias. Pero ninguna sociedad se sostiene durante mucho tiempo si carece de una noción ilusionante de su futuro. Por eso, no queda más que desear que lo que empieza siendo un murmullo de malestar se transforme pronto en un vendaval de voces que acabe desbaratando este reino de sombras.
