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Sangre, petróleo y miedo: Las razones por las cuales las monarquías islámicas del Golfo Pérsico odian a Irán

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07.03.2026

El mundo islámico no es monolítico. Aunque la división entre sunitas y chiitas —la gran fractura histórica del islam— se invoca frecuentemente para explicar conflictos en Oriente Medio, la realidad de las alianzas estatales en el Golfo Pérsico revela un cálculo mucho más frío y pragmático: la supervivencia de los regímenes, el equilibrio de poder regional y el miedo existencial a la expansión de la influencia iraní.

Países árabes, mayoritariamente suníes, como Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos o Bahréin apoyaron masivamente a Saddam Hussein (un dictador baazista secular suní) durante la Guerra Irán-Irak (1980-1988) y, décadas después, han optado por alinearse con Estados Unidos —y en algunos casos con Israel— frente a la República Islámica de Irán (chiita). Esta aparente contradicción no se explica solo por el sectarismo religioso, sino por una lógica geopolítica de realpolitik que prioriza la estabilidad interna y el control del petróleo sobre cualquier solidaridad panislámica o panárabe.

Para comprender este fenómeno en profundidad es necesario desglosar primero la división sunita-chiita, luego analizar su instrumentalización en la guerra de la década de 1980 y, finalmente, examinar cómo la invasión estadounidense de Irak en 2003 reconfiguró el tablero, convirtiendo a Irán en la principal amenaza percibida por las monarquías del Golfo Pérsico.

1. La división sunita-chiita: Orígenes históricos, diferencias teológicas y su dimensión política

La fractura se remonta al año 632 d.C., inmediatamente después de la muerte del profeta Mahoma en Medina. El islam naciente debía resolver quién lo sucedería como líder político y religioso de la umma (comunidad musulmana).

Los que luego serían llamados sunitas (del árabe ahl al-sunna wa-l-yama’a, “gente de la tradición y la comunidad”) defendieron que el sucesor debía elegirse por consenso y mérito entre los notables, siguiendo la sunna (tradiciones y ejemplo del Profeta). Así eligieron a Abu Bakr, suegro de Mahoma y uno de sus primeros compañeros.

Los chiitas (de shi’at Ali, “partido de Alí”) sostenían que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, específicamente en su primo y yerno Alí ibn Abi Talib, a quien consideraban designado explícitamente por Mahoma en el sermón de Ghadir Khumm. Alí solo accedió al califato como cuarto califa (656-661), pero su asesinato y el de su hijo Husayn en la batalla de Karbala (680) frente a las tropas del califa omeya Yazid I marcaron para siempre la identidad chiita como la de un “pueblo mártir” oprimido.

Diferencias teológicas principales:

-Autoridad religiosa: Los sunitas no reconocen una jerarquía clerical centralizada; la interpretación del Corán y la sunna corresponde a eruditos (ulama) mediante consenso (ijma) y analogía (qiyas). Los chiitas (especialmente los duodecimanos, mayoritarios en Irán) creen en doce imanes infalibles descendientes de Alí; el duodécimo (el Mahdi) está oculto y regresará al final de los tiempos. Hasta entonces, los grandes ayatolás actúan como guías supremos.

-Prácticas rituales: Los chiitas dan más peso al luto por Husayn (Ashura, con autoflagelación en algunos casos), tienen un calendario festivo distinto y permiten el mut’a (matrimonio temporal). Los sunitas rechazan estas prácticas como innovaciones (bid’a).

-Fuentes jurídicas: Los sunitas siguen cuatro escuelas legales (hanafí, malikí, shafií, hanbalí). Los chiitas tienen su propia jurisprudencia (fiqh) basada en los imanes.

Demográficamente, los sunitas representan entre el 85 % y el 90 % de los aproximadamente 1.800 millones de musulmanes en el mundo. Los chiitas son minoría salvo en Irán (90-95 %), Irak (60-65 %), Bahréin (70 %), Azerbaiyán y Líbano (donde son la comunidad más numerosa). En Arabia Saudita, la provincia oriental (rica en petróleo) tiene una importante minoría chiita.

Sin embargo, durante siglos la división fue más política que teológica. Bajo los omeyas y abasíes (sunitas), los chiitas fueron marginados. La dinastía safávida (1501-1736) convirtió Irán al chiismo duodecimano como arma contra el Imperio otomano suní, consolidando la identidad persa-chiita frente al mundo árabe-suní. Esta rivalidad árabe-persa, que se remonta incluso a la conquista musulmana de Persia (633-654), añade una capa étnica y cultural: los iraníes no son árabes, hablan farsi (indoeuropeo) y reivindican un legado preislámico aqueménida y sasánida.

En el siglo XX el sectarismo se reactivó con el wahabismo saudí (versión rigorista suní) y, sobre todo, con la Revolución Islámica iraní de 1979.

2. La Revolución Islámica y la Guerra Irán-Irak (1980-1988): El miedo existencial de las monarquías del Golfo

Cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini derrocó al sha Mohammad Reza Pahlavi en febrero de 1979 e instauró una república islámica chiita, los regímenes árabes suníes del Golfo entraron en pánico. Jomeini no solo derrocó a un aliado occidental; llamó abiertamente a exportar la revolución, denunciando a las monarquías del Golfo como “gobiernos corruptos, herejes y lacayos del imperialismo”. Radio Teherán emitía en árabe incitando a los chiitas de Irak, Arabia Saudita, Kuwait y Bahréin a rebelarse.

Saddam Hussein, que acababa de asumir la presidencia de Irak en julio de 1979, vio la oportunidad. Irak tenía mayoría chiita (pero gobernada por una élite suní baazista secular), una larga disputa fronteriza en el Shatt al-Arab y ambiciones de convertirse en potencia regional árabe. El 22 de septiembre de 1980 invadió Irán, convencido de que el ejército iraní estaba desorganizado tras las purgas revolucionarias.

Los países del Golfo no dudaron. Arabia Saudita y Kuwait proporcionaron a Irak decenas de miles de millones de dólares en préstamos y donaciones (estimaciones hablan de 30.000-45.000 millones de dólares en total entre todos los acreedores del Golfo). Kuwait financió solo alrededor de 10.000 millones. Arabia Saudita permitió el uso de su espacio aéreo y puertos para suministros iraquíes. Emiratos y otros estados árabes del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG, creado precisamente en 1981 como respuesta a la amenaza iraní) cerraron filas.

¿Por qué? No solo por sectarismo. El régimen baazista de Saddam era secular y represivo con los islamistas (tanto suníes como chiitas). El motivo principal fue el miedo a la desestabilización interna. Bahréin (70 % chiita) y la Provincia Oriental saudí (chiita y petrolera) eran vulnerables. Una victoria iraní podría haber encendido rebeliones chiitas que derrocaran a las monarquías. Además, la rivalidad árabe-persa histórica y el control del petróleo (Irán y Irak juntos representaban una amenaza al dominio saudí en la OPEP) pesaron enormemente.

Incluso potencias no árabes se alinearon, Estados Unidos (que había perdido su aliado el sha) proporcionó inteligencia y permitió ventas de armas vía terceros; Francia vendió aviones y misiles; la URSS suministró material pese a su alianza con Siria (aliada de Irán). La guerra terminó en empate en 1988 tras un millón de muertos, pero dejó a Irak endeudado y a Irán aislado.

3. La invasión de Irak en 2003: La gran ironía que fortaleció a Irán

La segunda gran inflexión llegó en 2003. Estados Unidos, invocando falsamente armas de destrucción masiva, invadió Irak y derrocó a Saddam. Para los países del Golfo fue un alivio inicial, pues Saddam había invadido Kuwait en 1990 y representaba una amenaza. Pero el vacío de poder permitió que los chiitas iraquíes —mayoría oprimida bajo Saddam— tomaran el control político. Gobiernos de Bagdad desde 2005 han estado dominados por partidos chiitas cercanos a Teherán (Dawa, Consejo Supremo Islámico).

Irán pasó de estar rodeado de enemigos (Irak baazista, Afganistán talibán, Pakistán suní) a tener una “media luna chiita”: Irán → Irak chiita → Siria alauita (rama chiita) → Hezbolá en Líbano.

Asimismo, desarrolló una red de proxies (“Eje de la Resistencia”): milicias chiitas iraquíes (Hashd al-Shaabi), hutíes en Yemen, Hamás (suní pero aliado táctico) y Hezbolá. Estos grupos han atacado intereses saudíes (ataques a Aramco en 2019), emiratíes y estadounidenses.

El programa nuclear iraní, reiniciado tras el acuerdo de 2015, que Trump abandonó en 2018, y la retórica anti-Golfo de los ayatolás reforzaron el temor. Para las monarquías del Golfo, un Irán nuclear o hegemónico supondría el fin del statu quo que les garantiza supervivencia.

4. La alineación actual con Estados Unidos: Contención iraní como prioridad absoluta

Hoy, los mismos países que financiaron a Saddam contra Irán permiten bases estadounidenses permanentes (Al Udeid en Qatar; Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos, etc.), participan en coaliciones antihutíes en Yemen (2015-2022), comparten inteligencia y compran sistemas antimisiles Patriot y THAAD estadounidenses por miles de millones de dólares. Los Acuerdos de Abraham (2020) —normalización entre Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos con Israel— responden explícitamente al miedo común a Irán.

Arabia Saudita, con Mohamed bin Salman, ha mantenido una guerra de sombras contra Irán en Yemen y Siria, aunque en 2023 aceptó una reconciliación mediada por China (reapertura de embajadas). Esta distensión es táctica: Riad sigue viendo a Teherán como amenaza existencial y prefiere el paraguas militar estadounidense antes que enfrentarse solo.

La lógica es idéntica a la de los años ochenta del siglo XX, prioridad a la supervivencia del régimen sobre la identidad religiosa. Un Saddam debilitado o un Irán fuerte amenazaban igualmente el monopolio saudí del liderazgo suní y el control del petróleo. La división sunita-chiita sirve como narrativa movilizadora interna (Arabia Saudita se presenta como defensora del sunismo frente al “expansionismo persa-chiita”), pero los aliados reales se eligen según intereses estatales.

Conclusión: El pragmatismo por encima de la umma

La historia demuestra que en política internacional islámica, como en cualquier otra, los Estados actúan como tales, es decir, calculan poder, recursos y amenazas. Las monarquías del Golfo apoyaron a un dictador suní secular contra una revolución chiita porque temían perder sus tronos; hoy se alinean con una superpotencia cristiana y, puntualmente, con el Estado judío, porque el enemigo común es un Irán que combina ideología revolucionaria, poder militar asimétrico y ambiciones regionales.

La división sunita-chiita existe, es profunda y ha causado dolor (guerras civiles en Irak y Siria, tensiones en Bahréin), pero no es la raíz de estas alianzas. Es una herramienta retórica útil para legitimar decisiones ya tomadas por razones de realpolitik, petróleo y equilibrio de poder.

Mientras el Golfo Pérsico siga dependiendo del petróleo, y las monarquías prioricen su continuidad dinástica, la lógica que llevó a apoyar a Saddam en 1980 seguirá llevando a apoyar —abiertamente o en la sombra— cualquier fuerza que contenga a Irán. La solidaridad islámica, como demostró la Guerra Irán-Irak y la actual confrontación, continúa siendo secundaria ante la supervivencia de los regímenes. Esa es la dura lección de la geopolítica del Golfo.


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