Ante el vértigo del colapso, una juventud sin forjar, se precipita a la derecha y al abismo
Una explicación de la derechización de parte de la juventud, cuando los tiempos exigen todo lo contrario: un giro radical (más allá de la izquierda), para superar retos históricos y existenciales.
Esta reflexión viene al hilo del artículo de Jorge Riechmann (NOTA 1) con motivo del informe de la Fundación SM “Jóvenes españoles 2026”, que muestra una cierta derechización en buena parte de la juventud (sobre todo los varones) y una reacción muy contradictoria ante las perspectivas, negativas e incluso muy negativas, que tiene ante el futuro del mundo y sus vidas y, a la vez, el negacionismo an te problemas que ya debieran estar de sobra asumidos (como el calentamiento global y su caos climático), y una actitud fatalista, de que ya no hay nada que hacer, y de evasión de la realidad. La juventud estaría dividida en estos sectores, y no aparecería, con fuerza, la reacción que, precisamente, le es imprescindible para sobrevivir en el futuro.
Se comprenderá que, por mi avanzada edad, hace mucho tiempo que no frecuente ambientes juveniles y que, por tanto, mi conocimiento sea muy indirecto, en base a fuentes como la mencionada, lo que puede llevarme a errores de apreciación. Aun así, creo que esto será de ayuda.
Este artículo contiene unas 8.700 palabras, en 11 páginas de mi ordenador, y sus secciones son: I.– ¿Qué está pasando en la juventud?. II.- ¿Cómo se explica esto?. Desde la experiencia de la parte radical de la juventud en las décadas de los 1960-70. III.- ¿En qué creíamos aquellos/as jóvenes? ¿Cuáles eran nuestros valores? ¿La clave de nuestro coraje?. IV.- La responsabilidad de mi generación. La oportunidad perdida. Nuestro papel ahora. V.– Una juventud actual, inexperta, y sin referentes relevantes de pensamiento ni de grandes victorias recientes. VI.- Con el paso cambiado, marchando en el tiempo límite ¿hacia el precipicio?. VII.- Debilidades y desorientación en la izquierda radical y en el decrecentismo. VIII.- ¿Qué hacer? El papel de la clase trabajadora asalariada. Por un decrecentismo político no reformista. IX.- El tiempo del Gran Giro Histórico y de la Generación Heroica. Notas. Recursos.
I.- ¿Qué está pasando en la juventud?.
La inmensa mayoría de la juventud popular vive como anestesiada, porque, aunque consciente del problema de la vivienda, la precariedad en el trabajo, etc., no lo es, de una manera clara, concreta, de los colosales y existenciales problemas, a los que le tocará enfrentarse el resto de su vida; o lo hace como si se tratase de una película de ciencia-ficción, confusa, que, en el fondo, no va con ellos y de alguna manera podrá esquivar (como te libras de un mal sueño), o como una fatalidad, para la cual, tampoco debe prepararse pues sería inútil hacerlo.
En tanto, prefieren no saber mucho (por eso no son jóvenes los que, sobre todo, asisten a las charlas de Antonio Turiel, y cía.), y carpe diem (disfrutar del momento, sin pensar mucho en el futuro, pues les parece lejano, y ¡que para eso son jóvenes!) y negar lo evidente (la gravedad del calentamiento global, o sus verdaderas causas, etc.) o evadirse de la lucha porque, ¡total!, sería inútil.
Comprendo bien que debe ser durísimo admitir que el futuro no tiene nada que ver con lo que te hicieron creer o esperar, en la infancia, en la escuela, la universidad. Es más atractivo vivir como en las vacaciones en Francia en agosto de 1939, en la víspera de la II Guerra Mundial (1-9-1939), disfrutando del sol e inconscientes de la catástrofe; aunque desde hace tiempo sean conocidas las grandes tensiones acumuladas bajo la superficie de la “normalidad” cotidiana, como las que acaban provocando un gran terremoto que lo derrumba todo.
El individualismo, una actitud materialista ante la vida, conservadora en otros aspectos, el refugio en la religión, todos son factores que empujan a la pasividad y la impotencia.
Algo tendrá que ver lo que dicen los neurólogos sobre lo que tarda el cerebro humano en llegar a su madurez (el desarrollo de la parte prefrontal) hacia los 30 y pocos años ( https://theconversation.com/no-nuestro-cerebro-no-se-desarrolla-completamente-de-golpe-a-los-25-anos-esto-es-lo-que-dice-la-neurociencia-272593 ) . Sin embargo (parte de) mi generación tuvo que hacerse rebelde y revolucionaria, muchos años antes que la treintena.
Malas noticias cuando resulta que el futuro está y estará en manos, sobre todo, de las generaciones jóvenes. En vez de progresar en conciencia y organización, en rebeldía y apoyo mutuo, parece que retroceden. Así se estarán convirtiendo en víctimas y agentes del ecofascismo (explicación, más adelante, en los Recursos).
II.- ¿Cómo se explica esto?. Desde la experiencia de la parte radical de la juventud en las décadas de los 1960-70.
Lo primero, debemos rechazar la idea de que el colapso del capitalismo, y la crisis del Estado burgués, vayan a llevar, espontanea y necesariamente, a una liberación de las conciencias, de la autonomía y autoorganización de masas populares. Eso depende, en gran parte, del punto del que previamente partan las masas.
Si algo demuestra el ascenso de los fascismos, y en particular el de Alemania, es que, sobre todo en determinados sectores de la población, de composición pequeño burguesa (pequeños agricultores, comerciantes, empleados de la banca y similares, funcionariado), pero también de la clase trabajadora (parados o no), una gran crisis del sistema económico y del de representación política, dado el shock, la incertidumbre, el pánico, el resentimiento, el deseo de hacer pagar a alguien (no al sistema, ¡es demasiado “abstracto” y poderoso a la vez!) puede llevar al anhelo de alguien fuerte y “carismático” que nos “salve”, un liderazgo dictatorial fascista (incluso aunque conserve algunas formalidades “democráticas” vaciadas de contenido real y de oposición efectiva).
Pues bien, eso mismo es lo que delata la tendencia a la derechización en la juventud. Según nos vamos adentrando en el colapso del capitalismo y de la civilización industrial, aunque sea poco a poco, sectores muy importantes de la juventud, ante esos sentimientos de incertidumbre y temor por el presente y el futuro, no se radicalizan hacia la izquierda, sino hacia la derecha.
Para entender esto, hay que ver de qué punto se parte.
En la Alemania previa al nazismo, la clase trabajadora ya arrastraba derrotas importantes, con muchos muertos (sin duda, entre los más conscientes y combativos), en los levantamientos (precipitados) de los primeros años 1920, tras haber conseguido detener la I Guerra Mundial (noviembre de 1918). Llega la enorme crisis mundial de 1929, con todos sus pesares y miedos. Las políticas erróneas dentro de la izquierda, de enfrentamientos sectarios (la teoría del carácter socialfascista de la socialdemocracia, según la Internacional Comunista estalinista) e ilusiones estúpidas (ya había subido Hitler al gobierno y el Partido Comunista de Alemania decía que duraría ahí poco, o sea, nada de llegar a 1939 y la II GM) que, en vez de fortalecer, debilitan. Por tanto, la clase trabajadora no puede liderar al resto del pueblo, compuesto por capas pequeñoburguesas, ya de por sí tendentes al conservadurismo que, como locas, se lanzan en brazos del nazismo, como su salvador. Y de ahí la derrota total para la clase trabajadora, y sus consecuencias, como la guerra mundial.
¿Y en España?. Las generaciones más mayores, como la mía, hemos pasado de todo, pero tenemos una experiencia general positiva que nos lleva a tener esperanzas y no derechizarnos necesariamente. ¿Por qué?. Hemos visto que grandes cambios históricos positivos son muy posibles gracias a la lucha, como la terminación del franquismo y el paso a la democracia burguesa que, pese a sus enormes limitaciones (sigue siendo una dictadura del capital) es mucho menos dolorosa que aquél régimen brutal y sanguinario. Las mujeres, sobre todo comparado con lo que fue nuestra postración durante el franquismo, hemos conseguido, con la oleada feminista, y la lucha de la clase trabajadora, importantes derechos y una mejora muy notable de nuestra posición en la sociedad. También, pese a las numerosas crisis (como las de los 1970 y posteriores varias), hemos visto que nuestra vida puede tener una cierta estabilidad y mejorar (desde el Plan de Estabilización de 1959, el desarrollismo de la década de los 1960); lo que se ha traducido, por ejemplo, en las posibilidades de una mejor educación para nuestra descendencia, sistema sanitario (podemos vivir después de la jubilación muchos más años de los que se podían al final de la década de los 1960), etc. Sabemos que “la lucha, paga”, vale la pena.
En las charlas que da Antonio Turiel, se puede observar que la mayoría de los asistentes, cuando no están medio calvos, tienen el pelo blanco (si no teñido, algunas señoras). Con bastante seguridad se puede pensar que estas personas no empiezan ahora a inquietarse por el mundo, sino que tienen un cierto bagaje de experiencias como activistas, desde su juventud. Y eso también marca una diferencia, que conviene comentar.
III.- ¿En qué creíamos aquellos/as jóvenes? ¿Cuáles eran nuestros valores?. ¿La clave de nuestro coraje?.
Yo no tengo nada claro en qué cree hoy la juventud o gran parte de ella, ni cuáles son sus valores sólidos, por los que estaría dispuesta a pelear para defenderlos y sacarlos adelante. Así que expondré los de aquella parte (ciertamente muy minoritaria) de la juventud, de la que formé parte.
En las décadas de los 1960 y 70, en un mundo y país con potente desarrollo industrial, que integraba en el sistema asalariado a gente joven, no traumatizada por la guerra civil y la terrible represión de posguerra, un sector muy minoritario, pero notable, e influente de la juventud, confiábamos en el potencial revolucionario de la clase trabajadora asalariada (proletariado), actualizado por el valor demostrado en la lucha (casi, por no decir siempre, ilegal y reprimida) durante el franquismo, y por experiencias ejemplares internacionales, como la de la larga huelga general de mayo de 1968 en Francia (NOTA 2), y en otros países. En abril de 1974, la revolución “de los claveles” portuguesa, antifascista y anticolonialista, con importantes luchas obreras y campesinas, nos dio otro empujón para seguir luchando contra el franquismo y por el socialismo. Las luchas anticoloniales, pese a sus limitaciones y a veces lamentables derivas, también demostraban que el mundo podía cambiar a mejor, y que era posible resistir los embates del imperialismo, incluso en su forma más violenta, belicista (como el caso de Vietnam).
Con ese bagaje y la ilusión de que algo de socialismo ya existía en el mundo, o había existido o hubiera podido desarrollarse, nos atrevíamos a aspirar hasta a la revolución socialista para la instauración del socialismo (aunque su naturaleza fuese, en muchos casos, totalmente cuestionable, al tratarse de su negación efectiva pero, para consumar la estafa, envuelta en la bandera roja).
El marxismo y el anarquismo, tenían la condición casi de cosmovisión (recordemos al anarquista Kropotkin y su visión del apoyo mutuo en la evolución de las especies; al marxista Engels y su dialéctica de la naturaleza) que permitía abordar o enfocar muchos asuntos de la vida humana (laborales, familiares, religiosos, hasta artísticos). Buscábamos la verdad de las cosas, y como entonces la ciencia tenía un enorme prestigio, con una fundamentación científica, a riesgo, a veces, de un pensamiento cerrado y dogmático.
Esto ayudaba a conferir seguridad, una identidad personal, un sentido de pertenencia a algo más grande que una misma; de transcendencia, porque más allá de la propia vida, otros continuarían nuestra lucha común, hasta la victoria final en todo el mundo. Por tanto, no solo permitía encauzar nuestras preocupaciones (dotándolas de esperanza en un futuro que no estaba lejano), sino también las ansias de justicia social y de libertad, y de verdadero servicio al bien común, a la gente corriente, al pueblo, al que pertenecíamos (es sintomático que una publicación clandestina se denominase “Servir al pueblo”, del MCE, corriente maoísta), sino que aportaba sentido a la vida.
Cierto que, en su forma más dogmática y dependiente de un líder carismático (como en el caso del estalinismo y de su variante maoísta), caía ya en la aberración de una seudorreligión laica. Aunque sin llegar a esos extremos (como el llamado “culto a la personalidad” del líder), en la España franquista, como la infancia había sido muy adoctrinada por la Iglesia Católica, eso, de forma inconsciente, sin duda pesaba en algunos que se pasaron al marxismo, pero con una mentalidad especialmente inclinada al dogma y la autoridad.
Sabíamos que, en caso de ser detenidos/as por la policía, seríamos maltratados física y psicológicamente, al punto de la tortura dura o durísima, incluso por asuntos que hoy son completamente legales, y luego condenados por una larga temporada, o años, a la cárcel, en malas o malísimas condiciones.
La clave de nuestro coraje no estaba en que, necesariamente, fuésemos especialmente valientes físicamente y tampoco inclinados al riesgo y la aventura. La “poción mágica” que nos daba fuerza para enfrentarnos, cual aldeanos galos, a los “romanos” (referencia a los comics de Asterix y Obelix), era la convicción ideológica y moral, de estar del lado bueno de la Historia. Salvando las distancias, como el islamista fanático es capaz de autoinmolarse en un atentado, porque, por su fe, confía que eso le abrirá de par en par, las puertas al Paraíso de dios Alá.
Pese a nuestras muchas deficiencias, aquello distaba mucho del pensamiento débil, posmoderno, fragmentario, ecléctico, desconfiado del método científico, irracional y hasta conspiranoico, combinando el excepticismo y la credulidad más imbécil, hoy tan presente. Y de la afirmación de identidades fragmentarias que tienden a mirarse cada vez más a su ombligo, en competencia con otras identidades también fragmentarias, por asuntos, a veces, nimios, sobre todo comparados con lo que la vida nos requiere hoy con alarmante urgencia; la atomización social a la que ha conducido el capitalismo, especialmente en su variante neoliberal, con sus prácticas sociales y encumbramiento del individuo (no de la persona, que es un ser eminentemente social) en competencia con los demás en la búsqueda de su beneficio personal materialista, más o menos vulgar. Así, no hay un pasado común al que remitirse, como legado de las generaciones pasadas de luchadores/as, una Humanidad con la que identificarse, ni un futuro compartido en el que proyectarse personal y comunitariamente. ¿Cómo abordar, con esa mentalidad, tareas colosales que exigen la máxima colaboración planetaria, el apoyo mutuo, para garantizar la pervivencia de la Humanidad, en lugar de ir a la autodestrucción y la de la biosfera?.
En la militancia antifranquista y revolucionaria, no había lugar para un narcisismo exhibicionista (como el de las redes sociales), pues eso te llevaría directamente a la cárcel (pasando previamente por la tortura).
El hecho de que fuese bastante habitual, incluso en el último tramo del franquismo, ponerse a trabajar con 14 años (o antes), entrando en el mundo de los adultos, impulsaba una cierta maduración (más, debiendo contribuir, con un pequeño sueldo, a los ingresos familiares), que es más lenta si se prolonga la adolescencia más dependiente, con el estatus de estudiante, hasta entrados en la veintena. Para aquellos jóvenes que, por necesidades familiares, habían debido dejar los estudios, pero que no estaban faltos de capacidades intelectuales, la militancia, con sus problemas de orden teórico y debates políticos, la disciplina organizativa, rendir cuentas de su actividad, etc., les sirvió como su pequeña “universidad” y les ayudó a fortalecer muchas de sus cualidades.
En cuanto al emprendimiento de aquella juventud, ya era una tarea de lo más audaz, teniéndolo todo en contra (recursos, legislación y policías), conseguir construir una organización obligadamente ilegal, clandestina, y contar con un cierto “aparato de propaganda” (multicopistas, distribución…, con importantes medidas de discreción y seguridad, incluso técnicas) para la edición de publicaciones (tipo prensa, o revista teórica), octavillas y hojas denunciando y llamando a la lucha, con las que poder informar (asuntos o hechos que no aparecían en los medios de comunicación legales) e influenciar (nada de redes sociales, etc. ni presencia en los medios de comunicación habituales) en las luchas de trabajadores/as, centros de estudio, barrios populares.
Todo eso exigía mucha autodisciplina, no esperar gratificaciones rápidas, ni mayor placer que sentir que eras congruente con tus principios morales y sociales, que lograbas esquivar la represión, y algún éxito relativo (con bastantes costes, generalmente) con alguna lucha.
No........
