Otra salva de porvenir
Hemos vivido todas las décadas de nuestras vidas oteando el futuro. El futuro nunca se cansó de llamarnos. Silvio Rodríguez nos convidó a creerle cuando lo invocaba. El futuro siempre se nos presentó como la instancia de consagración por excelencia: el espacio temporal donde cobrarían forma todas las «utopías» que nunca (o casi) dejaron de serlo.
El futuro en boca de todos: mesías, líderes, poetas, farsantes… La palabra perdió valor semántico, pero quienes más provecho sacaron del deterioro lingüístico son los políticos que lo prometieron y acto seguido, una vez alcanzada su meta inmediata (digamos el poder) olvidaron la promesa. El descrédito creció porque lo descrito en la oración anterior fue lo más común. Quienes aspiramos a un mundo con menos injusticia no podemos prescindir del futuro como plataforma virtual de realizaciones: lo convocamos para el día en que sea presente erguido sobre esfuerzos y metas concretadas, deudor de un pasado nutriente de valores históricos. Esa es la alternativa: trabajamos por el futuro o quedamos huérfanos de motivos para luchar.
Los poetas nos hemos referido al futuro siempre como posibilidad, o como su antítesis, a la que nos ha dado por llamarle utopía. La poetisa polaca........
