A mí tampoco me gusta mi cuello, pero no hace falta que me lo recuerdes
A mí tampoco me gusta mi cuello, pero no hace falta que me lo recuerdes
Nora Ephron sentenció hace tiempo que no le gustaba su cuello. Ni a ella ni a sus amigas que, siempre que quedaban, iban ataviadas con jerséis de cuello vuelto, fulares o camisas tipo mao. La idea era disimular papadas y desparrames. Contaba Ephron que la mentira es piadosa y que no vale pronunciarse o asentir ante expresiones como: «Noto que me he hecho mayor porque mi cuello parece el gaznate de un pavo real». Silencio, callar, cerrar los labios, en boca cerrada no entran moscas: un divino tesoro.
Me dieron la enhorabuena por mi tercer embarazo el día que se me ocurrió ponerme un vestido con el que creía (ah, inocente de mí) estar monísima. Un trapito negro con botones desde el escote hasta las rodillas con el que me sentía profundamente femenina y sutil. Era de estética Laura Ashley, sin florecillas y sobrio. Acababa de dejar a mis hijos en el cole y una madre me miró la barriga y, acto seguido, me felicitó acariciando mi ombligo. En cuanto llegué a casa, tiré el vestidito en cuestión a la basura y comencé el régimen. Nunca hay que dar la enhorabuena por un estado de buena esperanza hasta que la mujer esté a punto de parir. Un gran aprendizaje para la vida.
Si los cuellos colgantes y las barrigas generosas son blancos fáciles para la impertinencia, la madurez, en general, es el centro de la diana. En su retirada, Joan Manuel Serrat denunció la facilidad con la que nuestra sociedad invisibiliza y obliga a los mayores a una jubilación forzosa. Él defendía su derecho a ser visto y a ser útil. Si esto lo dice Serrat, imaginemos lo que piensa la vecina de enfrente. En esta línea, hay dos expresiones que me generan urticaria. La primera se dice apelando a la nostalgia para afirmar que Menganita fue muy guapa en su juventud. La paradoja es que, quien suelta la sandez, suele ser un señor barrigudo a quien su cuello, al igual que el mío, deja mucho que desear. «Para la edad que tienes, no estás tan mal», es la segunda. Rezuma condescendencia. Yo bloqueé el número de quien un día me la dijo.
Hacerse mayor y tratar de seguir siendo una tía buena y un pibón es una dictadura estética tortuosa e imposible. Si alguien lo duda, basta acudir a la hemeroteca reciente y observar la imagen de Demi Moore en el desfile de Gucci. La actriz, de 63 años y de peso pluma, apareció apresada en un traje negro que recordaba la estética Matrix y cargando a un perro del tamaño de una rata. Admitámoslo: hoy no eres chic si no llevas un chihuahua en el regazo.
La obligación de parecer que tienes 20 años eternos es un flaco favor para la mayoría de mujeres, empezando por quienes la sufren. No digo que debamos conformarnos con cardarnos un pelo canoso y de corte anodino. Tampoco defiendo que nos abandonemos a los designios del sobrepeso ni que tengamos que instalarnos en el terreno del chándal de forma perenne, pero debe haber una forma de quererse y aceptarse un poco más. Una buena idea sería, quizá, comenzar a hacer las paces con mi cuello y ponerme una camiseta de escote generoso.
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