Marañón, su Tiberio y el resentimiento
En el 95 aniversario de la II República / INFORMACIÓN
Fue uno de los "padres espirituales" de la Segunda República, su casa y su clínica en Madrid fueron incautadas y saqueadas. Muchos de sus libros y documentos, destruidos, quemados o robados. Su clínica, requisada para ser utilizada por las milicias. Recibía amenazas de muerte. Su vida corría un peligro cada día que pasaba en la capital. Hoy, en el 95 aniversario de proclamación de la República, rescato del exilio del silencio a Gregorio Marañón, su figura de intelectual y libre pensador, acompañado de su más lúcida creación literaria: Tiberio, el emperador romano que le ayudó a diagnosticar la enfermedad de España: el resentimiento.
Tiberio es algo más que una novela histórica sobre la Roma imperial. El emperador se convierte en un espejo deformante, pero reconocible, de las tensiones morales, políticas y espirituales que atravesaron España en los años de la guerra civil y de su largo preámbulo. Es un personaje escindido: hombre de formación sólida, en sus orígenes moderado y reflexivo, encarna una sensibilidad que podría haber tendido al equilibrio, pero acaba atrapado por la lógica del poder absoluto, el aislamiento y la sospecha. La metamorfosis de Tiberio en un gobernante desconfiado y crecientemente cruel, que termina por temer tanto a sus enemigos como a sus amigos, guarda resonancias evidentes con el clima de delación, persecución y ajustes de cuentas que caracterizó la guerra civil, en ambos bandos.
La decadencia romana se ofrece como metáfora de una España que, en vísperas de la guerra, había perdido la confianza en sus propias instituciones y en la posibilidad de reformas graduales. El Senado romano, impotente, teatraliza un poder que ya no posee, del mismo modo que las Cortes españolas, en los años treinta, se convirtieron para muchos contemporáneos en un escenario de oratoria brillante pero estéril, incapaz de frenar la deriva hacia la confrontación armada. El paralelismo no es tanto político como moral: en ambos casos se describe una sociedad que ha dejado de creer en las vías intermedias y en los frenos legales.
Marañón, médico de cuerpos y de almas, proyecta en Tiberio una suerte de diagnóstico clínico del poder enfermo. La soledad del príncipe, sus obsesiones, remiten a la psicología del caudillismo y de los liderazgos mesiánicos que proliferaron en la Europa de entreguerras y se reflejaron, con acentos propios, en la España de la guerra civil. El gobernante que mira el mundo desde la altura, rodeado de consejeros obsequiosos y de informes interesados, es, en cierto modo, el reverso patológico del intelectual comprometido que aspira a mantenerse en diálogo crítico con su tiempo, figura en la que el propio Marañón se reconocía.
Hay también en Tiberio una reflexión incisiva sobre el uso político de la historia y de la memoria. El régimen de Tiberio se esfuerza en controlar los relatos sobre el pasado, en silenciar o desfigurar las figuras incómodas, en imponer una interpretación única de los hechos fundacionales del Imperio. Este empeño resuena con la batalla por el relato que se desencadenó tras la guerra civil: cada bando trató de fijar una versión canónica de lo ocurrido, glorificando a los propios caídos y relegando a los ajenos a la condición de enemigos de la patria o de la revolución. El Tiberio de Marañón anticipa las prácticas de censura y reescritura histórica características de los regímenes nacidos de la guerra, tanto en la España franquista como en otras dictaduras del siglo XX.
Marañón traza un puente inquietante con la guerra civil, en la que el horror se normalizó hasta convertirse en paisaje cotidiano: los paseos nocturnos, las sacas de las cárceles, los bombardeos sobre población civil. Tanto en la Roma de Tiberio como en la España de 1936-1939, lo que resulta más inquietante no es solo la violencia en sí, sino la facilidad con que amplios sectores sociales aprendieron a convivir con ella, a justificarla o a mirarla de soslayo.
En la mirada de Marañón hay una voluntad de comprender las raíces profundas de la catástrofe: la mezcla de miedo y resentimiento, de orgullo herido y ambición desmedida, que fermenta en las sociedades polarizadas. Tiberio no es un monstruo aislado, sino el producto extremo de una coyuntura histórica y de una infraestructura moral debilitada. En ese sentido, el paralelismo con la guerra civil española es claro: el conflicto no estalla por la maldad individual de unos pocos, sino por la acumulación de frustraciones, injusticias y errores que hacen posible la victoria de los peores instintos colectivos.
Marañón, que vivió la guerra como una derrota de la razón ilustrada en la que creía, deja filtrar en Tiberio una advertencia que trasciende su tiempo: allí donde se renuncia al equilibrio, al matiz y al reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo, se abre paso una lógica implacable que termina devorando incluso a quienes creyeron dominarla. El emperador recluido, temeroso y cercado por fantasmas reales e imaginarios, es una figura que puede leerse en paralelo al destino de tantos dirigentes surgidos de la guerra civil, prisioneros de la máquina de poder que contribuyeron a poner en marcha. Bajo la sombra de Tiberio, Marañón interpela, en última instancia, no solo a sus contemporáneos, sino a cualquier sociedad tentada por la comodidad de las certidumbres dogmáticas frente al arduo ejercicio de la libertad responsable.
La célebre y amarga constatación de Gregorio Marañón desde su exilio parisino, al reconocer que no fueron los intelectuales ni los ateneos, sino «la calle», quien verdaderamente trajo y moldeó la Segunda República, encierra una de las advertencias más lúcidas sobre la fragilidad de los proyectos políticos fundados en la efervescencia popular. El médico y pensador, que había sido uno de los «padres espirituales» del nuevo régimen, asistió con desgarro a la mutación de un ideal reformista, concebido en los despachos y en las cátedras como una modernización institucional, en un torrente incontrolable de pasiones viscerales.
En el contexto actual, el concepto de «la calle» ha experimentado una transformación sustancial. Las redes sociales y los medios de comunicación de masas actúan hoy como amplificadores de esa misma emotividad política que Marañón observó con recelo en los años treinta. La política contemporánea en España muestra una dependencia creciente de la movilización, de la indignación como motor electoral y de la polarización afectiva. Del mismo modo que el impulso callejero desbordó las intenciones moderadas de la Agrupación al Servicio de la República, hoy asistimos a una dinámica donde el debate parlamentario y la deliberación sosegada quedan frecuentemente eclipsados por el dictado del clamor popular, la inmediatez de la protesta y la tiranía del algoritmo, que premian el exceso verbal y penalizan el matiz.
Una segunda analogía reside en la crisis de intermediación y el auge de los populismos. Marañón temía a la masa porque anula la responsabilidad individual y diluye la complejidad del pensamiento en consignas reduccionistas. En la España del presente, se observa una erosión comparable de las instituciones tradicionales de mediación política y social en favor de liderazgos que apelan directamente a «la gente» o al «pueblo», presentándose como intérpretes exclusivos de una voluntad popular indivisible. Esta retórica relega al adversario político a la categoría de enemigo ilegítimo, reproduciendo, bajo formas incruentas, mas institucionalmente corrosivas, la lógica frentista de que el intelectual y médico diagnosticó como la enfermedad mortal de la convivencia democrática.
Hoy, el espacio para la disidencia ponderada, para la crítica independiente que no se alinea con bloques preestablecidos, resulta cada vez más angosto. El pensador, el académico o el analista que intenta introducir racionalidad, grises y perspectiva histórica en el debate público español contemporáneo corre el riesgo de ser estigmatizado, cancelado o ignorado por unas trincheras mediáticas y partidistas que exigen adhesiones inquebrantables, repitiendo el viejo drama del exilio interior o exterior de la Tercera España.
Por último, la reflexión sobre «la calle» como motor histórico obliga a cuestionar la solidez de las reformas que no se cimentan sobre amplios consensos. La lección sobre la España de hoy, advierte que cuando la política abandona el recinto de la razón compartida para entregarse al plebiscito emocional de la calle, se hipoteca la estabilidad del Estado y se abre la puerta a una dialéctica de vencedores y vencidos que la historia de España conoce demasiado bien.
Tiberio nos ofrece la disección más lúcida del mal que destruyó la España republicana: el resentimiento. Marañón lo describe como una enfermedad del espíritu caracterizada por una "memoria contumaz, inaccesible al tiempo", que alimenta un deseo perpetuo de venganza. El resentido, explica Marañón, es alguien sin generosidad, mal dotado para el amor, obsesionado con agravios reales o imaginarios. Lo más trágico es que "al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento".
¿No es esta la perfecta descripción de la España franquista, construida sobre la venganza institucionalizada? ¿No explica también la violencia revolucionaria del bando republicano? "La falsa virtud del resentido alcanza, en ocasiones, la rígida magnitud del puritanismo," escribió, Tanto la retórica revolucionaria como la nacionalista exigían una pureza doctrinaria incompatible con la libertad individual. Frente a los extremos que dividieron España, Marañón defendió un liberalismo entendido no como doctrina económica sino como actitud ética: la disposición a comprender al adversario. "Es más fácil morir por una idea, y aun añadiría que menos heroico, que tratar de comprender las ideas de los demás," declaró.
Marañón representa lo que algunos han llamado "la tercera España": la de los matices y las complejidades, tan silenciada por la historia oficial. Ni los vencedores ni los vencidos querían reconocer su existencia, pues ambos bandos necesitaban mantener la ficción de que España estaba dividida en dos mitades definidas y moralmente opuestas.
Como médico, Marañón sabía que una herida mal curada supura indefinidamente. La reconciliación que propugnaba no era un simple borrón y cuenta nueva, sino el reconocimiento honesto de las heridas para poder sanarlas.
Su voz fue ignorada entonces. Hoy la recuperamos. Merece la pena escucharlo: "El secreto de la justicia es ponerse en el lugar de los demás". Pocas cosas hay tan difíciles para el orgullo humano.
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