Una Aida histórica en el gran Teatro del Liceo
El Teatre del Liceu de Barcelona / Marta Pérez / EFE
He estado menos veces que en el Teatro Real, pero entrar en el Gran Teatro del Liceo para asistir a una representación de ópera es una experiencia inolvidable tanto por la majestuosidad del lugar como por la historia que representa. Por eso, recuerdo conmovido el terrible incendio que sucedió el 31 de enero de 1994 y, sobre todo, rememoro también cómo Montserrat Caballé, desolada, dijo al enterarse de que se había derrumbado la techumbre: "Si se ha caído el techo ya no hay Liceo". En medio de la tragedia, la unión de artistas, colaboradores, mecenas, abonados, sociedad y administraciones públicas hizo posible el renacimiento del Gran Teatro de Liceo gracias al compromiso, el amor por la cultura y el vínculo con este coliseo histórico. Este abrazo colectivo de fuerza y solidaridad tejió lo que fue el deseo de la reconstrucción, que se llevó a cabo en 4 años. En 1999, el Liceu no solo renació de sus cenizas, sino que se erigió como un símbolo con la capacidad de superar cualquier obstáculo, esperanza y de un futuro donde la cultura, el arte y la solidaridad sigan inspirándonos. La reconstrucción del Gran Teatro del Liceo consistió no solo en rehacer la gran sala con una apariencia fiel al anterior, sino en su ampliación, adoptando criterios tecnológicos y compositivos de modernidad para dotar al nuevo teatro de las infraestructuras y los servicios necesarios para un funcionamiento actualizado. La edificación de nueva planta ocupó finalmente un 70% de la totalidad del nuevo edificio, gracias a la expropiación de los solares vecinos de la Rambla, calle Sant Pau y calle Unió. Además de la recuperación del auditorio, dotado de una infraestructura técnica muy avanzada, y su registro acústico, se habilitó un nuevo escenario, y se incorporaron mejoras en las zonas de acceso y circulación del público.
La historia del Liceu tuvo más episodios trágicos. La vida del primer teatro solo fue de 14 años, el 9 de abril de 1861 un incendio iniciado en la sastrería se propagó rápidamente y destruyó por completo la sala y el escenario. El teatro quedó en escombros y los propietarios decidieron unánimemente que lo reconstruirían repartiendo los costes entre todos los accionistas y personas con intereses en el Liceu. Barcelona se ganó la admiración general, ya que en un año se reconstruyó. El público del Liceo era muy diverso: los palcos y la platea eran ocupadas por las grandes familias de la burguesía y la aristocracia local y a medida que las localidades subían hacia pisos superiores la composición social cambiaba. Los aficionados a la música y los miembros de la pequeña burguesía se situaban en tercer y cuarto piso y en el quinto la clase trabajadora. Sin embargo, el Liceu siempre había sido identificado con la burguesía. Más allá de su función como sala de espectáculos era un lugar de encuentro y fiesta con los bailes de máscaras, de exhibición de riquezas y donde se cerraban negocios y matrimonios. El hecho de que se convirtiera en símbolo de la oligarquía le convirtió en punto de mira del proletariado revolucionario que a finales del siglo XIX estuvo fuertemente influenciado por las corrientes anarquistas italianas que utilizaban la acción directa como medio de lucha contra las clases dominantes. Y el 7 de noviembre de 1893, en la función inaugural de la temporada, durante el segundo acto de Guillaume Tell, el anarquista Santiago Salvador lanza dos bombas en el patio de butacas, de las cuales sólo estalló una, causando 20 fallecidos y un gran número de heridos. El atentado dejó un clima de miedo entre la burguesía y el Liceu cerró sus puertas no volviendo a la actividad artística hasta el 18 de enero 1894 con una serie de conciertos. El tercer Liceu se inauguró el 7 de octubre de 1999 con Turandot, bajo la dirección escénica de Núria Espert.
En este nuevo Liceu en 2008 tuve la satisfacción de asistir a una representación de Aida, la ópera más programada en la historia del teatro de La Rambla. El amplio despliegue de bailarines, miembros del coro y figurantes es una de las características de esta obra maestra del repertorio verdiano, un espectáculo sostenido por una partitura que impacta, ilusiona y emociona, siendo, además, una de las más complejas para sus intérpretes. Con Aida, un Verdi de 58 años demostraba su gran fuerza y sabiduría musical y teatral al escribir un drama intenso, una ópera sobre el triángulo amoroso que conduce a Aida, Amneris y Radamés a plasmar la pasión, el amor y el odio hasta las últimas consecuencias. La ópera fue escrita para celebrar la inauguración del canal de Suez, y es la excusa para tratar la temática con grandes escenas sinfónico-corales, sin olvidar las magníficas arias que recorren la extensa partitura. Uno de los grandes atractivos del montaje que vi eran los históricos decorados de Mestres Cabanes, piezas planas de papel pintado sobre bastidores de madera que ofrecen la ilusión de distancias, volúmenes y luces que no son reales, pero que representan de manera muy fidedigna y una enorme calidad pictórica en cada uno de sus cuadros, con escenas perspectivas y detalles que recrean un mundo ideal inspirado en el antiguo Egipto, sus monumentales templos y estatuas, palacios, templos y las afueras de Tebas y Menfis. Mestres Cabanes mostró un impresionante dominio de la perspectiva y de la dramaturgia operística en la construcción de los escenarios y de las atmósferas que exige la obra. Este montaje fue el único que afortunadamente se salvó del fatídico incendio del coliseo lírico barcelonés en 1994. Gracias a la restauración de Jordi Castells y su taller se han recuperado los siete conjuntos que Mestres Cabanes realizó en 1945. Donde haya dominio de la perspectiva que tenían los maestros de hace un siglo... que se quite la alta tecnología, el video digital y la realidad virtual. Los paneles de Mestres Cabanes requieren de tres entreactos para ser manejados con cuidado, y al final de cada acto, se eliminaba la iluminación escénica para mostrar los pliegues por los que habían sido doblados y guardados la última vez que salieron a escena. Por los pasillos del teatro la gente comentaba su fascinación por esos decorados a la antigua, que subían y bajaban dejando en evidencia que habían creado una ilusión óptica, que el público había sido inteligentemente engañado. ¿Era una ópera o era un juego de magia? ¿Por qué se plantean jubilar esta maravilla?, se preguntaban algunos. ¡Que los indulten, por favor! No estamos ante una escenografía de cartón piedra, no. Es un clásico para el que no pasa el tiempo. Es arte en estado verdadero.
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