Equidad
Detrás de cada ley humana existe un gran socavón alimentado por la codicia ideológica, la desigualdad y la injusticia. Se asemeja a una trama sofisticada que se urde para paliar la desazón social a base de decretos y mentiras que los propios tribunales de justicia son incapaces de manejar, no por falta de preparación, sino por ceñirse a una estructura falaz e inconsistente.
Bien es sabido que la vara de medir no se ajusta por igual a unos y a otros, porque aquellos que nadan en la abundancia y confían sus asuntos a un grupo de consejeros bien pagados, pueden tener la certeza de que saldrán impunes de sus juicios por muy onerosos que estos fueran.
Y no digo que jueces y magistrados sean corruptos o leguleyos, sino que el propio sistema ya se encarga de el propio sistema ya se encarga de discriminar al poderoso del paria sin necesidad de etiquetarlos o señalarlos con el estigma en la frente. sin necesidad de etiquetarlos o señalarlos con el estigma en la frente.
Más allá de la ley de los hombres está la ley natural que es la que verdaderamente mantiene al hombre en su estado original y lo guía a través del orden previamente establecido. No tienen cabida ni el caos ni la anarquía, porque es la única ley que, con seguridad, evita que los hombres se destruyan a sí mismos.
El Estado en su afán proteccionista, avalado por la ley de leyes, así como por la solvencia que le infunde la democracia, intenta regular todos y cada uno de los aspectos que la sociedad necesita para mantener el orden establecido.
El propio sistema ya se encarga de discriminar al poderoso del paria sin necesidad de etiquetarlos o señalarlos con el estigma en la frente.
El propio sistema ya se encarga de discriminar al poderoso del paria sin necesidad de etiquetarlos o señalarlos con el estigma en la frente.
No podemos permitir sin alzar la voz, que la justicia se convierta en un bien capital sujeto a los vaivenes del poder económico, doblegado al poder político y subordinado a los enunciadores de las leyes, porque eso conllevará inevitablemente que la desigualdad impere a sus anchas en la jurisprudencia.
La legitimidad de las leyes tendría que seguir amparándose en la ley natural o someterse a referéndum todas aquellas que son sospechosas de ir contra ella, para que la mayoría de los ciudadanos la ratifiquen o refuten, sobre todo cuando los representantes del pueblo se encuentran en entredicho o inmiscuidos en enrevesados procedimientos procesales.
Entendemos que existen muchas formas diferentes de transgredir la ley y pocas de administrar una justicia equitativa que se ajuste al tamaño de la transgresión sin que se vean descompensadas las faltas con los castigos desde un prisma de verdadera igualdad.
Debemos superar esta fase de desconcierto mediante antídotos naturales, lo más lejos posible de la doble moral que sabiamente recusó Platón. Ahora nos toca desmontar aquellas desigualdades que rompen la armonía social y que actúan en contra de la equidad.
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