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Un caso proverbial

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11.04.2026

El oscense Vito Sanz, uno de los secuestradores, en 'Por cien millones'. / EL PERIÓDICO

La serie sobre el secuestro de Quini que anda por ahí arranca con imágenes del partido que jugaba en la jornada más larga de su vida. Puesto que el rival fue el Hércules, me encontraba en las localidades de prensa dispuesto a contar lo que ocurriese. Y lo que pasó es que al conjunto blanquiazul le cayeron seis, con dos del Brujo y con un Schuster estelar. A Koldo Aguirre, que en paz descanse, le picó la crónica y como buen vasco no disimuló, ya que pilotó en torno a la disposición del partidillo del jueves previo en el que el técnico decidió prescindir de rival alguno entre la baraja de filiales preparando la cita contra el viento desatado que ciertamente era de aúpa. Como suena. Pese a todo el domingo no hubo forma de frenar el vendaval.

El partido a la postre pasó desapercibido. Lo fuerte vino a continuación. Al delantero asturiano, que llevaba 18 goles, le enseñaron una pistola en una gasolinera y posteriormente le pusieron una capucha y lo metieron en el cajón dispuesto en una furgoneta. El lunes anterior había sido 23-F y el país vivía en un sobresalto con los asesinatos, secuestros y extorsiones de ETA, a los que también se apuntaba el Grapo de vez en cuando. Tres jóvenes mecánicos de un barrio de Zaragoza como otro cualquiera, acuciados por las deudas, asistían extasiados a lo que las bandas exigían por sus acciones y acordaron actuar. La decisión de los pobres diablos fue tan grotesca que la serie realizada 45 años después lleva la firma del guionista de «Aída», de «7 vidas» y de comedias de distinto calibre. Se trataba de una fantochada con una vida relativamente en juego y están los que han señalado que para dedicarse a la extorsión hay que cumplir unos mínimos. Dentro del mundo turbio que impregna el deporte rey, el mínimo por el que se decantaron Fernando, Víctor y Eduardo fue poner sus ojos en alguien considerado buena gente por el conjunto de la afición. Lógicamente los chavales no iban a enfrentarse a Migueli o al correspondiente del gran rival, el mismo al que en el descanso del primer choque que Biri-Biri disputaba en el Bernabéu se acercó para decirle: «Por favor, señor Benito, no me pegue más». En fin, es la amenaza secular que suponen los llegados de Gambia y otros parajes por el estilo a quienes hay que dedicarles eso tan salao de «musulmán, musulmán el que no bote» para que tengan claro quienes parten el bacalao.

La poli no sabía adónde mirar ni a quién recurrir; los confidentes cazaban moscas. Hasta que la mujer entró en juego, los mendas lerendas le preguntaban cómo se encontraba, ella se ponía negra y los detectives comprendieron que de terrorismo no estábamos hablando. Les tendieron una trampa y cayeron con todo el equipo después de haber tenido que dejarse una pasta en bocatas y en fabada Litoral porque hay que ver cómo jalaba el Pichichi. Enrique Castro renunció por escrito a la indemnización de cinco millones recogida en la sentencia y le dio el teléfono a uno de los tres para que lo llamase cuando quisiera. El Barça, que luchaba por el campeonato, no ganó ni un partido en su ausencia de donde parece deducirse que hasta los compañeros le querían. Con tipos así se acaba el negocio. O sea, que hay para rato.

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