Elche una ciudad entre el hambre, fiebres y un atisbo de luz en 1887
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Lean esto y después me dirán si no es verdad que la historia se escribe con sangre y también con sueños. En Elche, aquel año de 1887, se acostumbraba a decir ese dicho: "Dios aprieta, pero no ahoga". En la ciudad ilicitana estuvo cerca, muy cerca, de ahogar.
Empecemos por lo malo, que fue mucho, porque si hay que contar lo que pasó en la ciudad de las palmeras, no podemos empezar con las inauguraciones ni con los teatros. El azote vino del cielo, pero también de la tierra. El paludismo, esa fiebre maldita que se cría en las aguas muertas, se cebó con los arrabales y los barrios pobres como no se recordaba, y así continuó en los siguientes años. La prensa de la provincia de Alicante, que entonces miraba a Elche con ese orgullo de hermano menos, pero también con preocupación, publicaba noticias que helaban la sangre. En octubre, en periódico El Graduador, decía que la miseria se cernía como fantasma sobre los más hermosos pueblos y que en Elche completaba el cuadro de horrores "con tintas de desolación y martirio". No eran ganas de asustar a la ciudadanía. Era la pura verdad.
Y lo peor no era la fiebre sola, que ya es bastante, sino que la fiebre venía acompañada del hambre. Porque aquel mismo año, se hundió la industria que daba de comer a media ciudad. Hablo de la alpargatería, que era el orgullo de Elche y su sustento desde tiempo inmemorial. Pues bien, las importaciones desde el extranjero, más barato y más resistente, entró como un cuchillo en la mantequilla. Los fabricantes, que no podían competir, cerraron las fábricas una tras otra. Y los obreros, que habían tejido el cáñamo toda su vida, se quedaron en la calle sin un real, sin esperanza y sin saber muy bien qué había pasado. Lo peor de todo, y esto lo contaba el periódico El Liberal en un artículo de octubre, es que la ciudad había volcado sus........
