Por todas las Maricarmen: sí o sí
Llevo varias noches sin poder dormir. Estoy segura de que, como yo, muchos ciudadanos y ciudadanas tampoco. No he podido dejar de pensar en Maricarmen, una mujer de 87 años que, después de 70 años viviendo en la misma casa, ha sido expulsada de su hogar sin piedad. Siento una profunda vergüenza y rabia, mucha rabia.
He estado dos días en la calle, manifestándome con los vecinos y vecinas en la puerta de la casa de Maricarmen, admirando la valentía del Sindicato de Inquilinas e intentando parar ese desahucio indecente. Diciéndole a Maricarmen que no estaba sola.
El caso de Maricarmen ha sido la mecha que ha prendido algo que llevamos demasiado tiempo sufriendo. Porque lo de Maricarmen no es un caso aislado. Es el resultado de un modelo de ciudad que llevan años construyendo y que está convirtiendo nuestros barrios en espacios cada vez más inaccesibles para quienes los habitan.
El problema es que muchas veces hablamos de todo esto como si fuera inevitable. Como si el mercado fuera una fuerza de la naturaleza. Como si no hubiera decisiones políticas detrás de cada regulación, de cada modelo urbanístico, de cada política fiscal y de cada decisión sobre vivienda. Pero las ciudades que construimos son una elección. Y también lo son las leyes que las regulan.
Por eso el caso de Maricarmen debería servir para algo más que para indignarnos durante unos días. Debería obligarnos a decidir qué modelo de país queremos construir. A Maricarmen la han echado de su casa por un modelo de rentismo que no tiene alma. No entiende de edades, de vulnerabilidad ni de historias de vida. No entiende de vínculos, de memoria ni de comunidad. Es un sistema sin piedad al que no le importa dejar en la calle a una anciana en los últimos años de su vida, porque, cuando la vivienda se convierte fundamentalmente en un activo inmobiliario, deja de importar quién vive dentro. Lo........
