La caza y la ultraderecha
Vaya por delante de estas líneas una confesión: yo soy un cazador arrepentido, como otros muchos de mi generación y las colindantes. Durante la segunda mitad del siglo pasado, la caza en España era un deporte popular, que no generaba apenas controversia política, salvo en una de sus vertientes ocasionales; El franquismo, como las aristocracias anteriores, practicaron la caza como expansión selecta, punto de encuentro de las clases privilegiadas y centros reconocibles del tráfico de influencias. La película “La escopeta nacional” (Luis García Berlanga, 1978) fue la genial caricatura de aquella actividad, y probablemente el punto de inflexión de la consideración social que mereció la cruenta afición en España, y en general en los países del sur de Europa que tenían hábitos cinegéticos parecidos a los nuestros.
En mi caso, el arrepentimiento no provino de argumentos biológicos ni de radicalismos ecologistas: sencillamente, me hice animalista porque amo a los animales, deseo que vivan y se reproduzcan libremente y me parece un pequeño crimen exterminarlos “deportivamente” por simple afición o para dar desahogo al impulso depredador que los seres humanos, omnívoros desde hace millones de años, hemos acumulado. Ese cambio se ha producido rápidamente en cuanto se ha extendido la posesión de animales de compañía, perros particularmente, que acaban convertidos en seres muy queridos, en familiares de sus dueños.
Sé, en todo caso, que voy contra corriente, y así lo explica Ortega en su prólogo a un libro del conde de Yebes que se publicó en un tomo de “El Arquero” titulado “La caza y los toros”. Vargas Llosa, buen lector de Ortega, escribió en un memorable artículo que dicha pieza literaria del filósofo «se va convirtiendo en una profunda meditación........
