Cambio para que no cambie nada
En la política boliviana existe una máxima tan antigua como perversa, heredada del más fino gatopardismo: transformar los discursos, alterar la escenografía, rotar los rostros mediáticos y, sin embargo, asegurarse de que el engranaje profundo del poder permanezca exactamente intacto.
Hoy asistimos a un nuevo capítulo de esa comedia trágica. Mientras el aparato discursivo oficialista proclama con vehemencia la fiscalización, la ruptura con los vicios del pasado y la «limpieza institucional», la praxis administrativa en los pasillos del Estado susurra una verdad muy distinta. Una verdad que huele a componenda, a pragmatismo frío y a la eterna repartición del botín público.
Resulta difícil sostener una narrativa de renovación cuando la arquitectura operativa de las instituciones más sensibles del país sigue habitada —y........
