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Granada en Andalucía

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25.03.2026

25 de marzo 2026 - 03:08

Recordaba ayer, recién convocadas elecciones al Parlamento de Andalucía por el presidente Moreno Bonilla, aquella magna celebración académica que fue el I Congreso de Historia de Andalucía que, organizado por la flor y nata del profesorado de las cuatro –entonces sólo cuatro– universidades existentes en la región –entonces sólo región– entre el 14 y el 19 de diciembre de 1976, tuvo como conferencia inaugural la del profesor Luis Sánchez Agesta sobre La Política Andaluza en el siglo XX. El texto fue un interesante relato anecdotario en el que se hacía como advertencia de la necesidad de ejercer la democracia que nos venía, con la mayor de las limpiezas y respetos. El ilustre jurista y profesor relató alguno de los casos que se dieron, en el transcurso de la II República, como aquel en que, abiertas las puertas de un determinado colegio electoral, en un pueblo perdido de la vieja Castilla, no hubo forma de poder introducir ni un solo voto en la urna pues ésta se presentaba completamente atestada de papeletas, antes de la votación. Como es natural, se formó el follón que parece ser hubo de resolver vaciando debidamente la dichosa urna y comenzando la votación, esta vez sí, de manera aparentemente más limpia.

En aquellos días del frío diciembre de 1976, hacía unos trece meses que a Franco lo habían bajado al sepulcro, en solemnísima pero muy austera ceremonia, en la Basílica del Valle de los Caídos. El dictador, tras unos treinta y nueve años mandando en España sin opositor que durase vivo o libre mucho tiempo, había entregado el alma a Dios en una cama hospitalaria, enredado en decenas de cables y tubos, que se le fueron colocando por orden de su yerno, el apreciable cirujano cardíaco y marqués de Villaverde, Cristóbal Martínez Bordiu y Ortega, quien pretendía evitar como fuese la tragedia que a la familia se le venía encima.

Hoy, que pareciera que la autonomía ha existido desde siempre en España, especialmente en Andalucía, sigue esta Comunidad con las mismas ocho provincias con las que la concibió –muy equivocadamente– Blas Infante y cuya constitución forzó, políticamente hablando, aquel catedrático de la Universidad de Sevilla que fue Manuel Clavero Arévalo. A él, definitivamente, se debe la desaparición última del antiguo Reino de Granada, división administrativa que, apareciendo en todos los mapas, no fue respetada, en absoluto, por los redactores de la “España libre” que ahora disfrutamos ¿O no?

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