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Sábado de Pasión

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28.03.2026

28 de marzo 2026 - 03:10

Hoy, Sábado de Pasión, es un buen momento para reflexionar sobre la figura de Jesús. Con independencia de lo que uno pueda creer, tanto si somos escépticos como religiosos, la figura de Jesús es una de las más extrañas que han existido (o que ha inventado la imaginación humana, si no creemos en su existencia). Lo mejor de la historia de Jesús es que sabemos muy pocas cosas, y todo lo que sabemos está contado por varias fuentes que enriquecen los sucesos o los modifican o los explican de forma contradictoria. El Jesús de San Mateo es muy distinto del Jesús de San Juan o el de San Marcos. Los Reyes Magos sólo aparecen en uno de estos relatos, igual que Barrabás o el beso de Judas o el canto del gallo o el milagro de los panes y los peces. Y al final, por mucho que hayamos leído sobre Jesús, seguimos sin saber quién era. Pudo ser un loco, un sabio, un santo, un mesías, un sedicioso, un adivino o un reformador social. Lo más probable es que tuviera un poco de todo esto, al menos en sus orígenes, porque el personaje fue cambiando y volviéndose más y más complejo. Pero al final, lo único que queda claro de su historia es que fue una persona de una grandeza humana inimaginable.

Nietzsche decía que Jesús era un idiota (en el sentido de Dostoievski) rodeado de gente muy lista, pero a mí me parece todo lo contrario: una persona muy inteligente rodeada de gente mentirosa, cobarde y mezquina. Repasemos su vida. Siempre se mostró bondadoso con los que le hacían caso. Tenía muy mal concepto de sus discípulos, con la excepción del enigmático discípulo amado que aparece en el evangelio de San Juan. Era irónico, y eso hacía que la gente no lo entendiese bien. Solía mostrarse despectivo con la bajeza moral de sus contemporáneos. Siempre antepuso su obra a su familia. Se rebeló contra el Dios despótico de la Biblia, aquel fantoche que gritaba y se tiraba de los pelos como un marido cornudo. La mayor incomprensión, como suele ser habitual, la encontró entre los habitantes de su región natal. Y no le gustaba que se divulgase que era el Mesías ni que obraba milagros. Para él, hacer milagros era hacer trucos de magia. Y él no quería la magia. Quería la fe, la conmovedora, la incomprensible fe en aquel pobre diablo, hijo de un carpintero, que decía ser hijo de Dios. Y aquí sigue, nos guste o no, dos mil años más tarde.

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