Un palco en el patio de mi casa
01 de abril 2026 - 03:07
Como me descuide el año que viene ponen palcos de Semana Santa en el patio de mi casa. La voracidad recaudatoria de la Federación de Cofradías es tan exigente que se hace difícil pasear por el centro de la ciudad sin encontrarte una valla con faldón rojo que te impida el paso. Pero no es que las levanten tres o cuatro días antes de que comience la Semana de Pasión, sino que están puestas al menos desde hace veinte días, por lo que el calvario (nunca mejor dicho) del paseante dura casi un mes. A ver, yo no es que me oponga a la celebración de la Semana Santa, Dios me libre, pero creo que se están poniendo normas (la de la prohibición de permanecer parados en calles llamadas de evacuación) que están impidiendo que un ciudadano de a pie pueda ver una procesión sin tener que pasar por taquilla. Esto es de locos. La mercantilización de la celebración apenas ofrece alternativas y la Semana Santa se ha convertido, de alguna manera, en un elemento más de la desigualdad: si apoquinas 500 euros para un palco, bien; y si no los tienes, te pudres. Pero esto no es una cosa que pase solo aquí. En Sevilla, la cosa es tan escandalosa que alquilan balcones en la calle Sierpes para ver los pasos por nueve mil euros. Y en la reventa se ofrecen sillas por 150 euros para una jornada semanasantera. Igual que hay reventa para ver salir a un Cristo de una iglesia en un barrio de Cádiz. La gente acude una semana antes del acontecimiento, planta una silla cerca del lugar y llegado el momento puede vender ese privilegio de ver sentado o sentada la salida del nazareno correspondiente. A todo esto, lo llamo yo aprovecharse de una fiesta que debía de tener una dimensión más orientada a la devoción y al fervor que a la recaudación. Y hablando de sillas que se plantan, la Policía Local de Granada ha puesto pegatinas en las fachadas de la calle Mesones en las que advierte de la peligrosidad de utilizar sillas plegables, taburetes, jamugas, banquetas o asiento de otra calaña para ver los pasos. Eso, junto con que la gente se lleve neveras para tomar el piscolabis correspondiente durante el tiempo que dura la procesión. “Pa trono, el mío”, oyeron decir a una anciana que se había llevado una mecedora a la calle Mesones. Joder, si es que ya nadie piensa en rezar y en pedirle al santo el milagro que su vida necesita, sino en sacar provecho del cotarro.
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