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Señor Cayo

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09.03.2026

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Las campañas electorales son como tormentas de verano: mucho ruido y poca lluvia. Para que los candidatos entendiesen de verdad lo que a nosotros nos ... importa, tendrían que acercarse sin cámaras, sin asesores y sobre todo sin prisa, para escuchar todo eso que no cabe en los minutos contados correspondientes de los debates televisados. Desde que leí a Miguel Delibes, supe que la única perspectiva acertada para escuchar sus discursos no es otra que la del señor Cayo, el hombre arraigado a la tierra, digno y autosuficiente, que desde su sabiduría silenciosa puso en cuestión la insoportable verborrea electoral.

Me lo imagino escuchando por televisión las diatribas sobre esos inmigrantes con machetes entre los dientes, que dice Vox que acechan a la vuelta de la esquina en las calles de Castilla y León para meternos miedito. Me lo imagino, instalado en una serena y distante perplejidad, escuchando a los socialistas cantar el no a la guerra con la solemnidad de los de Verano Azul en la cubierta del barco de Chanquete, como si la guerra fuera algo a lo que uno decide o no ir, cuando es atacado o está sujeto a una red de tratados internacionales que lo comprometen. Lo pinto en mi imaginación, con expresión hierática, oyendo a los políticos urbanitas, calzados con zapatos de salón, hablar de revitalizar el campo. Lo presiento sintiendo que lo que falta no es tanto dinero como respeto por todos esos ciudadanos de pleno derecho que, sin embargo, se hacen treinta kilómetros para acudir a una cita médica o para llevar al colegio de primaria a sus hijos.

Sentí como una afrenta, por cierto, que el moderador del primer debate de la campaña, un señor de Ponferrada, pusiese en duda en una de sus preguntas si tienen sentido los servicios públicos en la «extensa» Castilla y León, como si fuera una optativa, como si no estuviese hablando de derechos garantizados por la Constitución al mismo nivel que los del Madrí donde él vive y trabaja. Esa duda ofende. Ese es exactamente el desprecio por la vida real de aquí que gastan, indolentes, los de allí y que el señor Cayo discernía con clarividencia en los políticos que se disputaban su voto. A veces dudo si es desprecio o ignorancia. «Desprecian todo lo que ignoran», dicen que dijo Machado.

En la campaña de Castilla y León, el paisaje es evidencia moral. La vastedad del territorio, la belleza austera de sus llanuras, pero sobre todo el silencio, que no es bucólico, sino sintomático. Habla y dice que el discurso político sobre despoblación se ha convertido en un estribillo sentimental, cuando no se trata de nostalgia ni costumbrismo, sino de vida o muerte. No hablo de subvenciones, sino de una cuestión existencial y de identidad que ha de combatirse con pragmatismo. Con incentivos fiscales reales, verdadera descentralización administrativa, una política energética que evite el uso y abuso extractivo y una estrategia educativa que no condene a los niños del campo al fracaso. El equilibrio territorial no se improvisa, se construye a base de voluntad y acuerdos entre empresas y partidos, en las antípodas del cortoplacismo y la lógica del titular. Un acuerdo de Estado que no se agote en una legislatura y trascienda la contienda partidista, como casi todo lo que de verdad importa. La política tiene ahora la palabra.

Necesitamos una estrategia demográfica a veinte años, todo lo demás son parches. Nuestra tierra ya fue objeto de programas de repoblación en otros momentos de la historia y no creo que el señor Cayo se escandalizase con apuestas audaces, si con ello empezasen a abrirse todas esas casas cerradas, que para los políticos son sólo casas vacías, pero que para todos los señores cayos de nuestros pueblos son espacios habitados por la memoria de cada uno de los que vivieron en ellas, de los que recuerdan nombres, apellidos, motes y motivo concreto de abandono, entre muchas otras historias de vida, de la de verdad.

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