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Proyecto Hombre

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20.04.2026

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Lo seguí con los ojos mientras él recorría una y otra vez las terrazas de la Plaza Mayor, tratando de vender unas flores que, según ... se rumoreaba, robaba en el cementerio. Era un chaval enjuto, apenas aseado, y un profundo sufrimiento parecía asomarse a través de las cuencas hundidas de sus ojos. Conmovida, me dispuse a comprar alguno de aquellos claveles, que languidecían en sus manos, pero alguien a mi lado me previno: cada peseta que recibiese iba a gastarla en drogas. Finalizaba la década de los ochenta, arrasaba entre la juventud aquella pandemia no declarada y esa fue la primera vez que escuché la palabra «drogas», mi primer acercamiento intuitivo al concepto de la drogadicción. No era más que una adolescente, incapaz de abarcar el abismo de dolor, crueldad y deshumanización de cada una de sus víctimas, pero sí alcancé a percibir la distancia, por no decir abiertamente hipocresía, con la que alrededor se miraba hacia ese padecimiento: se juzgaba al drogadicto y se ignoraba a quienes se lucraban de su debilidad.

La indiferencia con la que aceptamos que miles de personas —jóvenes, adultos, familias enteras— se hundan en un pozo que no cavaron solos, la........

© Gaceta de Salamanca