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In albis

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06.04.2026

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Todavía huele a incienso. Sobre el empedrado es posible rastrear los restos de cera, como un rezo persistente, en las calles de Salamanca. Si aguzo ... el oído, me parece aún percibir el eco de los tambores secos y de los pasos de los cofrades. La ciudad, que ha servido de escenario suspendido entre el cielo y el suelo, comienza a despertar de ese increíble y fascinante letargo místico, en esta semana in albis. Y el Campo Charro, henchido también de gloria, se suma al derroche de resurrección y esperanza, en un inconmensurable despliegue de vida fragante. El alma también se agranda y eleva, resarcida. Y el corazón, al menos el mío, rezuma gratitud, la gratitud de quien se sabe afortunado por haber sido testigo de lo sublime. Gracias a todos los que hacen posible que este milagro de redención tome cuerpo. A las cofradías, que guardan el celo de la tradición año tras año; a los hermanos que han cargado sobre sus hombros con el peso de nuestra fe; a los músicos que, con cada nota de corneta, rasgaron el aire frío de la madrugada salmantina para abrir paso a la verdad. Gracias a los que barrieron las calles tras el paso de la multitud, a los que sirvieron el chocolate al alba, a los que mantuvieron las iglesias abiertas y a los que, desde el anonimato de una acera, supieron guardar el respeto que el rito exige. Y gracias también a todos los que nos han predicado que el Domingo de Resurrección no es el final del camino, sino la continuación de una lucha que no da tregua.

La mística es un refugio, sin duda, pero la vida es mucho más prosaica y nos devuelve, apenas redimidos, a la trinchera y la resistencia. Después de unos días milagrosos en los que los españoles unánimemente aceptan e incluso aplauden que la fe tome las calles, la batalla continúa y lo hace con ferocidad. Porque mientras nosotros nos refugiábamos en la trascendencia, la maquinaria de la miseria humana seguía girando en los despachos y en las sombras del poder. Mañana martes, despertaremos con el golpe de mazo de la justicia. Comienza en el Tribunal Supremo la primera sesión del juicio por el ya tristemente célebre caso Mascarillas. Pasamos de la contemplación de la entrega absoluta en la cruz a la exhibición de la codicia más chabacana, sin solución de continuidad. Los nombres de Ábalos, de Koldo y de toda esa cohorte de personajes que parecen sacados de una sórdida novela poco recomendable, irrumpirán de nuevo en nuestra sobremesa y sembrarán justificadas dudas sobre si la redención es un concepto que nos queda demasiado grande. Este juicio, más que un proceso legal; es el recordatorio de nuestra propia condición. Nos saca sin anestesia de la Semana Santa para arrojarnos al barro de una realidad donde lo público se pisotea en beneficio de lo privado y donde la tragedia colectiva de una pandemia fue utilizada, presuntamente, como el escenario perfecto para el lucro más rastrero. Es una vuelta a la realidad que duele, porque nos obliga a reconocer que la luz de los cirios alumbra el grosero pecado.

Hay quien está comprando palomitas para entretener el gusanillo durante el espectáculo, pero no seré yo. Demasiada podredumbre como para celebrarla. Contratos inflados, comisiones ilegales y toda una sarta de soeces comportamientos mientras el mundo se asfixiaba. La democracia, al igual que el espíritu, necesita una purificación constante y defender la decencia en la plaza pública. Sin mala sangre, pero con rigor, es necesario llegar hasta el final del asunto para poder tomar medidas, levantar diques de contención de la indecencia.

El estado in albis no significa ignorar el mundo, sino mirarlo con ojos más limpios y decisión más firme. La Semana Santa nos ha recordado lo que podemos llegar a ser en nuestra mejor versión: capaces de crear arte, comunidad y sacrificio. Mañana, cuando los periódicos abran con las fotos de los acusados entrando en el Supremo, recordaré el rachear de los pies de los costaleros. La procesión es la que ahora empieza.

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