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Como reyes

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23.03.2026

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Debió ser por esta época del año, cuando el sol acaricia, zalamero, pero sin apretar. Tuvo que ser un martes o un jueves. Y lo ... que sí recuerdo con mucha más precisión es que faltaban muy pocos minutos para las cuatro de la tarde. Yo cruzaba la Plaza, apresurada, buscando con los ojos el reloj del Ayuntamiento porque llegaba tarde a clase de alemán. Mi profesora, Carlota Hoffmann, consideraba una afrenta personal el más mínimo retraso. En alemán, puntual significa a menos cinco y casi podía sentir con antelación su mirada censuradora. Iba yo tan ensimismada en mi impuntualidad que no habría reparado en ellos si no me hubiesen llamado por mi nombre. Un grupo de compañeros de la facultad, sentados en una terraza, como reyes, abandonados a esa galbana postmanducal contra la que yo luchaba con denuedo. Dejándose querer por la Plaza y por Salamanca, disfrutando hasta el tuétano de la contemplación pasiva del monumento y entregándose al placer sencillo del dolce far niente.

No puedo explicar cómo superé la tentación de aceptar la invitación a sumarme a aquel café, aunque si hubiesen conocido ustedes a la señora Hoffmann resolverían al menos parte de esa ecuación. Las burlas de mis compañeros, en todo caso, estuvieron plenamente justificadas, porque no fui capaz de justificar con una mínima coherencia mi empeño por aprender a hablar como los malos de las películas, más aún cuando no pesaba sobre mí obligación alguna, ni obtenía yo título ni créditos por el esfuerzo, y todavía más si el precio era renunciar a ese rato de asueto ilustrado por Churriguera. Allí los dejé, en aristocrática pose, deleitándose en el gozo de tomar un café en la Plaza e imbuyéndose por ciencia infusa de la erudición que exhala la piedra franca. Me fui a clase de alemán como arrastrada por el destino, presa de una disyuntiva irresoluble, como en las tragedias griegas. El encuentro fortuito sembró en mí profundas dudas sobre el sentido estoico de la vida e iluminó una certeza: yo terminaría hablando alemán, pero los sabios, definitivamente, eran ellos.

La misma sensación ha vuelto a mi viendo las fotos del rey en la Plaza, tomándose un café, en acto de soberana majestad y privilegio. Después supe que un italiano era investido honoris causa, que era lo de menos, pero apenas puso don Felipe un pie en Salamanca comencé a recibir mensajes por tierra mar y aire de quienes se habían cruzado con él o tenían de él noticia por familiares o conocidos. Allí estaba, al sol, tras unas acertadas palabras en las que no reconoció nada que no reconociesen en su día Isabel y Fernando, entroncando con el espíritu del discurso de la Escuela de Salamanca y dejándose embelesar por la perfecta cadencia de arcos y medallones, estudiantes y jubilados, historia y proyecto. Tan de sabios es complacerse en la Plaza como asumir el pasado, con sus miserias y sus grandezas, que son las dos caras de la misma moneda.

Sólo le faltó a don Felipe entrar en una de las tiendas de la Plaza o alrededores y llevarle un detallito a la reina, que fue a ver al Papa vestida de blanco, privilegio de reina católica, pero sin lucir una pobre crucecita al cuello. Quizá la próxima vez, quiera Dios que sean muchas y que pueda yo seguir pronto sus pasos. No veo la hora de llegar y propiciarme una buena cura de Plaza Mayor, remedio para todos los males. Un lujo sencillo y elocuente en tiempos de ruido. Reconfortante, cuando la vida pública parece condenada a la grandilocuencia y a la escenografía permanente, que el rey lo comparta con nosotros, casi como uno más. En la Plaza Mayor, ese espacio compartido donde la ciudadanía se reconoce a sí misma y en el que queda en evidencia que la vida en común no se sostiene solo en instituciones, sino en la capacidad de una comunidad para encontrarse cara a cara.

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