Miguel Ríos
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CompartirNos preguntaba Miguel Ríos en su concierto del sábado en el Palacio de Congresos que cuántos de nosotros estuvimos en aquel concierto de la Plaza ... Mayor. No hacía falta que nos especificase más. Y la levantamos casi todos. Muchos seguro que sin darse cuenta que han pasado casi 44 años desde aquella noche mítica e histórica para la música en directo en nuestra ciudad.
Fue el 16 de septiembre del 82, cuando recaló con su gira Rock and Ríos en la ciudad congregando a unas cuarenta mil personas que enlatadas como sardinas esperamos sufriendo uno de aquellos retrasos tan habituales de la época y posteriormente disfrutando uno de los conciertos más mágicos e inolvidables de nuestras vidas con este impulsivo ciclón disparando su arsenal de potente rock and roll con una banda de ensueño.
Pero el tiempo pasa, Miguel ahora tiene 81 tacos y aunque nosotros no lleguemos a tanto también somos 44 años más viejos. Sobreviven impetuosas, enérgicas y hermosas algunas de aquellas maravillosas canciones de entonces (Santa Lucía, Vuelvo a Granada, Rocanrol Bumerang o Año 2000), y se han disipado algunas otras entre la niebla del paso inmisericorde del tiempo. Miguel Ríos, durante los últimos años, se ha despedido en falso de los escenarios varias veces y ha vuelto a él, yonqui del aplauso y las emociones fuertes que se viven ahí arriba pastoreando el rebaño de los hijos del rock and roll. Ya no se acerca con una banda de quince músicos, sino en la escueta y austera compañía de un cuarteto de chavales eficaces pero esquemáticos y nos canta algunas de sus nuevas canciones, canciones que han perdido nervio y vehemencia pero conservan la furia y la intensidad de ese compromiso que ha perdido el rock actual y la música dominante que consumen hoy los más jóvenes. Dedica canciones a Trump («No es la tierra, estúpido, eres tú»), a la crueldad con que cierta gente recibe al inmigrante o a los fantasmas del neofascismo. Y nos pone a corear el «No a la guerra», a todos menos al alcalde Carbayo, que como yo soy así lo observo y se entretiene mirando el móvil.
Lo triste: la ausencia de gente joven en la sala. Algo que parece indicar por un lado el desdén de las nuevas generaciones por los maestros que abrieron camino y lo que es un poco más triste: no existe relevo para este tipo de voces comprometidas con su tiempo y la fea realidad de nuestros días.
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