Un mal bache
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CompartirTodos atravesamos baches en la vida. De esos que uno intenta superar con paciencia, equilibrio y algo de humor. A veces basta un poco de ... tiempo, y otras hay que reparar a fondo, pero lo normal es —o debería ser— no conformarse con dejar el agujero ahí, recordándonos día tras día que algo sigue roto.
Con los baches literales —al menos en nuestra tierra— no pasa lo mismo. Están por todas partes y parece que ya nadie se inmuta.
Entre la lluvia del invierno y la falta de mantenimiento, las calles y carreteras de la provincia se han convertido en un catálogo de cráteres. Cualquiera que conduzca por el polígono de los Villares de la Reina sabrá de lo que hablo. He llegado a conocer ese terreno como si fuera un mapa de lunares: bache, curva, bache más grande, socavón final. Cada golpe en el volante me lleva a recitar a gritos los nombres de los concejales. Cada vez que siento en el estómago el cosquilleo de una caída al vacío —como si estuviera en una atracción de feria— porque he metido la rueda en una especie de desfiladero, juro en arameo.
Dicen que no se puede asfaltar cuando hay lluvia. De acuerdo. Pero hace semanas que el cielo nos da tregua y los agujeros siguen igual en buena parte de la provincia, como si fueran ya patrimonio local. Algunos han alcanzado una profundidad tal que bien podrían tener código postal propio y un mirador en la parte de arriba. Mientras tanto, los coches sufren y los talleres mecánicos no dan abasto.
Otro trayecto reciente en autobús me ha recordado a un viaje al Masái Mara, hace ya bastantes años, a bordo de un jeep viejo con artrosis en la suspensión. Lo de ir pegando botes en el asiento y estar a punto de volcar y dar una vuelta de campana tenía su encanto. La gracia de lo exótico. Esto es el safari charro. Este invierno ya me ha saltado dos veces el aviso de pérdida de presión en las ruedas y he acabado reparando un pinchazo. Y no, no fue por conducir mal. En el taller me aseguran que esos golpes que sufre el coche en los baches van deformando la llanta, desgastando la cubierta y provocando averías diversas.
Da igual que hablemos de los accesos a los polígonos, de las calles del centro, las del alfoz o de las carreteras comarcales: el panorama se repite. El asfalto levantado, los parches mal puestos, la promesa de que «ya se arreglará pronto»... en el mejor de los casos. En otros, directamente te reconocen que no hay dinero. No hay dinero para baches, pero florece para todo lo demás: cheques para todo, bonos de consumo, ayudas que nadie pidió, subvenciones simbólicas que parecen pensadas más para la foto que para resolver nada.
Los baches, mientras tanto, siguen ahí, invisibles para quienes gobiernan o quienes aspiran a ello.
¡Qué bonito sería un gobernante que dijera no pienso regalarle a nadie las entradas para un concierto, ni las clases particulares, ni ofrecer paguitas por cumplir años, pero me comprometo a que las carreteras no tengan baches, las aceras no estén levantadas o invadidas por vegetación salvaje, las farolas se enciendan por la noche en lugar de estar de adorno, que los contenedores se vacíen todos los días... esas cosas que no dan titulares grandilocuentes, pero que hacen la vida más cómoda a quien las pagan con sus impuestos.
Todos atravesamos baches en la vida. Pero los personales, al menos, nos enseñan algo. Estos de la carretera solo nos recuerdan que el abandono también deja huella. No pedimos milagros: bastaría con un poco de alquitrán, unas cuantas horas de trabajo y la voluntad de no mirar hacia otro lado. En la vida, como en la ciudad, los baches no desaparecen solos.
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