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Plaza viva y en equilibrio

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11.04.2026

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Hay ciudades en las que uno se orienta; en Salamanca, en cambio, parece que la orientación viene de fábrica: siempre hacia la Plaza Mayor.

Por ... eso somos muchos los que sentimos una atracción casi inevitable hacia este punto de la ciudad, que va mucho más allá de ser el centro neurálgico y político de la capital. Más que la sala de estar de los charritos, como defendía Carmen Martín Gaite, es la televisión de pantalla plana en torno a la que se organizan las casas del siglo XXI.

La seducción de la Plaza Mayor es universal, aunque no eterna. Su sobre explotación puede llevar a que se marchite, a que oculte su belleza y pierda parte de su vida.

Porque uno de sus grandes atractivos es la energía que late desde primera hora en el ágora: el trajín de los repartidores, el momento de montar las terrazas para «ponerla guapa», el primer café de la mañana y el vino de la noche. Sentarse, mirar y dejar pasar el tiempo hasta que, de pronto, irrumpe un escenario monumental en Ferias que casi tapa la fachada del Ayuntamiento. Sobre todo, afea uno de los momentos más solemnes, como es el del pregón.

También reconozco que uno se siente un auténtico privilegiado al disfrutar de conciertos en un enclave así, que nada tiene que ver con un recinto cerrado o con otros espacios exteriores. Por otro lado, y con sinceridad, las instalaciones del FÀCYL me sobran por completo. Aún recuerdo los contenedores transparentes con césped artificial de una de las últimas ediciones como ejemplo de lo que no se debe hacer.

No descubro nada si digo que en el medio está la virtud. Una Plaza Mayor sin actividad moriría, dejaría de ser punto de referencia. Perdería su oxígeno. ¿Qué nos llevamos y qué dejamos? No estoy capacitada para dar lecciones, pero es evidente que la música marida a la perfección con la Plaza Mayor como catalizador de su energía.

Tampoco hacen falta grandes estructuras, de esas a las que cada vez recurren más los artistas desde que la venta de discos es ya residual para sus ingresos. Para eso está el recinto ferial de La Aldehuela. Porque quizá no estorba tanto el acto como la parafernalia que exige su desarrollo.

Me explico: las mesas informativas y petitorias de decenas de causas que se repiten cada año dan vida a los soportales, recuerdan buenas causas y visibilizan a gente comprometida. Por otro lado, no sé si las estructuras de las «carreras por», los «días D» o los «encuentros con» deben ocupar la Plaza Mayor tantos días al año cuando la ciudad ofrece alternativas perfectas según la hora y el público. Si es por la tarde, la plaza de Anaya reúne un auditorio tan heterogéneo como el del ágora.

Uno de los actos que más espero cada año en este espacio es el Día del Libro. Haga frío, llueva o luzca el sol, los soportales bullen de gente que recorre expositor tras expositor en busca de novedades editoriales o de ese título que siempre se resiste y que de pronto aparece. El zaguán del Ayuntamiento se abre y se palpa la sensación de fiesta.

En cuanto a las ferias del libro, o se renuevan las casetas o la ciudad acabará pagando una multa por atentado contra el buen gusto. Me da igual que se trasladen a Los Bandos: el efecto sería el mismo.

El reto no es llenar el monumento de actos, sino entender cuándo brilla por sí solo y cuándo conviene no intervenir más de la cuenta para no agotarlo. Porque el exceso de estructura, de montaje o de intervención puede acabar apagando aquello que precisamente se quiere celebrar, diluyendo su carácter y su magnetismo natural, ese mismo que a los salmantinos nos lleva, sin pensarlo, a orientarnos siempre hacia «nuestra» Plaza Mayor.

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