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Ochenta y cuatro hombros

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12.03.2026

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Me gustan las historias. Me levanto por las mañanas escuchando a Robe, pensando que aún no se ha ido; Marea o, últimamente a Sanguijuelas del ... Guadiana. Lloro cuando mi paso se levanta al sonar la Marcha Real mientras mi Cristo atraviesa el dintel de la Catedral, pero no llevo pulserita de España. Se me pone la carne de gallina con Morante. Llevo una palestina al cuello y voy a misa de vez en cuando. También soy de revolcarme en el barro de los festivales de música y de echarme una pistola de agua a la espalda y vaciar el cargador con los 40 grados de Aranda.

Soy católico —practicante a ratos— y cofrade declarado. Por eso me incomoda profundamente que cada vez que se acercan unas elecciones a cada uno nos encasillen en un rebaño. Cargo un paso en Semana Santa junto a otras cuarenta y dos personas. Cada una con su ideología. El hermano con el que me fundo en un abrazo cuando termina la procesión es ideológicamente opuesto a mí. Nunca me lo ha dicho. Nunca lo hemos necesitado. Durante horas caminamos bajo el mismo peso. A veces el paso cruje y la espalda protesta. Entonces notas cómo el hombro del compañero asciende apenas unos milímetros para aliviar la carga y que tu vértebra respire. No hace falta decir nada. En ese gesto mínimo cabe más entendimiento que en muchos debates parlamentarios. Nadie pregunta a quién vota el de al lado. Nadie pide el carné ideológico para entrar en una cofradía. Últimamente parece que hay que llevarlo colgado del cuello para todo lo demás.

Si eres taurino y católico, eres de derechas. Si llevas barba descuidada y defiendes que los inmigrantes tienen los mismos derechos que los españoles, la ultraizquierda se te queda a la derecha. La polarización nos ha llevado a clasificar personas antes incluso de escuchar lo que piensan. No hace falta: la opinión ya está contaminada y siempre va a haber una respuesta prevista antes de que se lance la pregunta. El y tú más.

Ayer vi por curiosidad el debate entre los tres candidatos con más posibilidades de gobernar en Castilla y León. Hoy escuché un comentario brillante: el ganador fue quien no lo vio. Vox volvió una y otra vez al pacto Mercosur y a la inmigración. El PSOE trató de colocar sobre la mesa una ley de ordenación del territorio y un plan contra la despoblación. El PP deslizó medidas de gestión, como la cuenta ahorro vivienda. Pero incluso cuando aparecieron propuestas, el debate terminó cayendo en un reflejo demasiado habitual en nuestra política: convertir la desgracia en munición.

Martínez mencionó los pueblos arrasados por los incendios. Mañueco respondió recordando unas palabras de Óscar Puente sobre la tragedia de Adamuz. Ese viejo truco político: yo no lo haría, pero lo repito para que nadie olvide poder reprochártelo. Ese momento en que la discusión deja de parecer un intercambio de ideas y empieza a parecer una bronca de bar en la que nadie escucha porque todos esperan su turno para replicar. Y quizá por eso la política empieza a parecerse demasiado al fútbol: cada cual animando a su equipo y convencido de que el árbitro siempre se equivoca cuando pita contra los suyos.

Pero la vida fuera de la política funciona de otra manera. Cuando termine la procesión volveré a abrazarme con ese compañero que piensa distinto. Entraré a los toros con mi palestina al cuello.Y en mis auriculares seguirá sonando Robe. La vida, en el día a día —como los pasos de Semana Santa—, se sostiene mejor cuando cada uno ajusta el hombro para que el de al lado pueda seguir caminando.

El domingo no votan etiquetas. Votan ciudadanos. Ojalá no se les olvide nunca.

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