Cosas de Fernando
El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
Ha sido una semana dura. Sentimientos a flor de piel, recuerdos imborrables, sonrisas pícaras y alguna lagrimilla furtiva. El adiós de Fernando Franco nos ha dejado un poquito huérfanos. Fer amaba la vida y se aferró a ella hasta el último segundo. Como decía José Carneiro en su precioso artículo, Fer vivió cinco vidas y, añado yo, las quemó todas en una pira de placeres diversos: intelectuales y sensuales, cultos y mundanos, puros y prohibidos.
En FARO se han escrito bellos y sentidos textos de compañeros y amigos, retratos de un personaje (trascendía la persona) extraordinario y complejo. Un tipo al que le gustaba fardar de un carácter forjado en las COE (Compañía de Operaciones Especiales del Ejército), pero eso era la máscara de un pedazo de pan. Fue un periodista que supo apreciar el manjar del restaurante más exclusivo y la tortilla de patata del furancho más modesto; que se sentía igual de cómodo hablando con un millonetis y con un sintecho. Tenía una tendencia proverbial para las meteduras de pata (laborales y personales), pero también un don único para salir de ellas sin grandes daños.
La expresión «son cosas de Fernando» fue durante muchos años un clásico de nuestra redacción. La otra era «¿dónde está Fernando?» (la ausencia de teléfonos móviles implicaba libertad absoluta). Yo no he sido coe (pertenezco a la primera generación de los objetores de conciencia), pero puedo deciros que me he curtido en el periodismo gracias a tipos como Fernando. Soy lo que soy gracias a él. Fue un ejemplo y un antiejemplo. Todos quisimos ser Fer, al menos durante un tiempo. Pero también la mayoría sabíamos que ser como él no solo era imposible, sino que ni siquiera era recomendable.
Lo confieso, al principio, al ver cómo actuaba, yo (que venía moldeado por patrones academicistas y teóricos) me sentía incómodo, a veces hasta horrorizado. ¿Pero esto es periodismo?, me preguntaba, pobre estúpido de mí, convencido de que lo que no estaba en los manuales, era censurable. Cuando Fernando se hacía acompañar durante un encargo de nuestros añorados fotógrafos Cameselle o Magar… entonces, amigo, aquello era un espectáculo pirotécnico que ríete de las fallas. Podía ser Vietnam.
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Recuerdo que en la primera (hubo unas cuantas) cena de manzanillos (hoy llamados fríamente becarios) nos llevaron a un local cavernoso cuyo dueño acabaría más tarde en la cárcel. Allí convivían lo peor de Vigo con policías, todos al calor de unos cubatas. Semanas más tarde, a nuestro grupo (capitaneado por jefes de redacción que al día siguiente nos darían órdenes) lo echaron de un garito (entonces se hablaba así) tras el striptease de un veterano compañero que estaba siendo azotado por un colega con un cinturón al ritmo de música cubana. Sí, ya sé, esto de no dar nombres es el antiperiodismo, alguien mató a alguien, pero todavía quedan códigos de honor. Cuando ocurría alguno de estos incidentes (no os confundáis: hicimos cosillas que quizá hoy estén recogidas en el Código Penal, pero la mayor parte del tiempo trabajábamos duro), Fer nos dirigía una mirada entre burlesca y desafiante de «todavía estáis a tiempo de dejarlo».
Ser un novato entonces equivalía a pringado; ver, oír y hablar lo justito, viese lo que viese. He compartido entrevistas plomizas con Fer en las que se durmió oculto tras unas gafas de sol; en otra ocasión me pidió acompañarle a la cena con un periodista que se presentó con la vitola de ser experto en el submundo de los delitos y que, en el fragor de una noche típicamente fernandiana, ese supuesto tipo duro acabó suplicándole que lo llevase al hotel. He visto cómo abordaba a una escritora joven muy de moda con una confesión a puerta gayola: «Mira, no he leído tu libro y hoy he dormido más bien poco, así que si vamos al grano y hablamos de las cosas que de verdad le importan a la gente…».
Él tomaba notas en un papel de forma compulsiva y en letra jeroglífica; más tarde en la redacción me preguntaba, señalando un guiñapo arrugado: «Oye, Roger, qué puse aquí». La entrevista podía ser una joyita y la doña quedaría encantada, porque aunque él la escribía a su aire siempre mejoraba las respuestas. Esto de la invención, llamémosle periodismo creativo, ocurría siempre que Fernando, al que la naturaleza no le había concedido el don de la memoria (bendita suerte), había perdido el papel o no había pulsado la tecla rec de la grabadora… si es que tenía pilas o no la había perdido.
Recuerdo acompañarle en su Golf metalizado descapotable por la ciudad y ver cómo pasaba como con indiferencia de primera marcha a tercera. Un día le pregunté que por qué hacía eso (me maliciaba que por pereza): «Es que la segunda no me entra desde hace meses», me contestó sin darle importancia. Tiempo después volví a montar con él. Tras arrancar, pegó un acelerón tremendo y pasó de primera a cuarta. Le miré de reojo, vi su sonrisa y no pregunté nada. Me repantigué y noté una punzada en el costado. Hurgué en el asiento y encontré la grabadora clavada en el hueco del respaldo. La cogí y se la enseñé. «Coño, mira dónde estaba; bueno, ahora ya da igual, la entrevista la publiqué ayer», me dijo encogiéndose de hombros. Cosas de Fernando.
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Hasta la próxima crónica, maestro
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