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Compasión y justicia

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18.04.2026

«La forja del sujeto capaz de entrar en un diálogo sobre lo justo exige cultivar las emociones y los sentimientos de justicia y compasión». (Adela Cortina, Justicia cordial)

Un estudiante preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál era, en su opinión, el hecho que valdría como señal primigenia de la civilización humana. La antropóloga no se refirió a la invención de la rueda, ni habló de la confección de redes para pescar o de lanzas para cazar. No; Margaret Mead dijo que el primer indicador de civilización puede cifrarse en el hallazgo de un fémur humano que había sufrido una rotura con signos de haber sido curado. Eso hacía suponer que el dueño de aquel fémur se había lesionado y que alguien se había ocupado de él para prestarle auxilio y atención; tal vez le ayudó a levantarse, lo trasladó al abrigo de lugar seguro y allí permaneció a su lado mientras cuidaba de él. Y la antropóloga concluye: «Ayudar a alguien en momentos difíciles o cuando lo necesita es cuando comienza la civilización».

La historia la cuenta Juan José Tamayo en su ensayo La compasión en un mundo injusto. La anécdota me parece magnífica, y la explicación de Margaret Mead, luminosa. Hace de la confraternidad el sentimiento que dignifica de tal modo a la persona que lo destaca como el primer latido de la civilización naciente. La compasión por el otro, el com-padecer, hacerse cargo del sufrimiento ajeno, acudir ante el padecimiento del prójimo para prestarle auxilio y aliviarle es gesto que se sitúa en las antípodas del desinterés egoísta y el abandono, de la indiferencia por el desvalimiento ajeno, que son signos de rudeza y salvajismo. El gesto compasivo, ese desbordamiento cordial hacia el otro, supone un nivel de sensibilidad y empatía que engrandece al ser humano.

Moverse a compasión ante el que sufre algún tipo de dolor, carencia o pérdida hasta el punto del auxilio implica el reconocimiento en el prójimo de otro como yo, un semejante, un igual al que dedico el mismo cuidado que a mí mismo me hubiera dispensado.

Es preocupación principal de muchos pensadores cómo hacer para que la compasión llegue a ser un sentimiento que arraigue en la comunidad con decidida vocación de transformar en justicia la injusticia.

El progreso técnico no supone necesariamente civismo ni civilización. Pero sí lo es la acción solidaria con el necesitado y el afligido. La compasión es un sentimiento de enorme riqueza ética, que puede actuar como incentivo para la rebelión y la justicia; no es posible el conocimiento del sufrimiento injusto de otros sin sentir una conmoción interna; «quien no tiene capacidad de indignarse no puede percibir la injusticia» (Nancy Sherman). Por eso, de las múltiples vertientes de la compasión me interesa destacar ahora su íntima relación con la justicia, esto es, la compasión como fuente y motor del anhelo de justicia. Es una verdad desoladora, pero cierta, que el mundo es radicalmente injusto, en medida tal y a lo largo de tantos siglos que parece consustancial a la vida en sociedad; ni el paso del tiempo ni el progreso de la civilización han podido remediar tan ominosa lacra. La contemplación de un mundo donde pueblos enteros sufren lacerantes carencias de bienes y de derechos elementales, y, por otra parte, el conocimiento de víctimas de tanta injusticia social y económica, injusticia de género, injusticia ecológica, cultural, laboral, o el aterrador espectáculo de guerras injustas, salvajemente cruentas, no puede sino mover a compasión y, por ella, a la indignación y demanda de justicia. No cabe la indiferencia ni tranquiliza la mera denuncia. Compasión y justicia son sentimientos absolutamente precisos para que podamos hablar de verdaderos avances en la historia de la humanidad.

Vuelvo sobre lo ya dicho en otro artículo: hemos dado enormes pasos en los campos de la técnica y la ciencia, pero apenas podemos celebrar progresos en el de la ética y la justicia. Y, francamente, no vislumbro un horizonte halagüeño.

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