EE UU, Israel e Irán: intereses contrapuestos
El presidente de EE UU, Donald Trump, está claramente desesperado por poner fin a la guerra contra Irán, a la que le arrastró el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
El maquiavélico dirigente israelí lo había intentado ya con anteriores ocupantes de la Casa Blanca, pero solo el más corrupto de todos ellos cayó finalmente en la trampa.
Trump es ahora sin duda consciente de que, si se prolonga el conflicto, su partido perderá las próximas elecciones de medio mandato, y se desvanecerán sus posibilidades de escapar al eventual proceso de destitución que inicien los demócratas.
Ello explica que el presidente se mostrase dispuesto a aceptar como base de negociación de la tregua de dos semanas con los iraníes los diez puntos que éstos le presentaron y que incluye el fin de la guerra de Israel contra el Líbano.
El plan de Teherán exigía no solo el cierre de las bases de Estados Unidos en los países árabes de la región y el fin de las sanciones económicas contra Irán, sino también que el Estado judío pusiese fin a su brutal guerra contra el país vecino.
Esto último no lo podía aceptar Netanyahu, quien debió de llamar inmediatamente a Trump para advertirle del grave error que, según él, cometía y presionarle.
Solo eso explica que tanto Trump como su vicepresidente, J.D. Vance, parecieran cambiar de pronto de opinión y dijeran que la tregua acordada se limitaba a Irán, es decir que Israel podía seguir haciendo en el Líbano lo que le diese la gana.
Netanyahu sabe que su destino político a la vez que procesal – está acusado por la justicia israelí de corrupción- depende de la continuación de la guerra del Líbano, que califica de operación para destruir a Hezbolá.
Por su parte, Irán sabe que tiene en sus manos un importante instrumento de presión sobre Washington y la comunidad internacional como es el control del estrecho de Ormuz y no tiene la mínima intención de renunciar al mismo, sobre todo si no se cumplen sus exigencias a EE UU.
Teherán es plenamente consciente de la fuerza que le da el control de esas aguas, y el peaje que ahora exige a los buques que lo cruzan – solo de los países no hostiles- es una fuente de ingresos que ayudará a la reconstrucción del país una vez acabada la guerra.
Cuanto más tiempo esté al menos parcialmente cerrado el estrecho, como ocurre ahora, más sufrirá la economía mundial y mayor será la presión internacional sobre Washington para que acepte las condiciones de Teherán, por maximalistas que parezcan.
Los intereses de Estados Unidos e Israel son en esta guerra totalmente contrapuestos, lo que explica que mientras el primero está desesperado por llegar a una entente con Teherán, Israel intenta sabotear la tregua acordada bombardeando con mayor salvajismo que nunca al vecino Líbano.
El comportamiento criminal de Israel, que se ha negado siempre a respetar las leyes de la guerra y el derecho internacional, es cada vez más evidente incluso para los ciudadanos de EE UU, que, como explica el conocido politólogo John Mearsheimer, no dependen ya exclusivamente para informarse de los medios tradicionales, en su mayoría pro sionistas, sino que recurren cada vez más a los alternativos, mucho más críticos.
Ello explica que, pese al masivo apoyo financiero del lobby israelí a quienes defienden la causa sionista, una amplia mayoría de los ciudadanos desaprueben ya la política genocida israelí y exijan a su Gobierno que deje de ayudar militar y económicamente al que ven como principal agresor.
