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Reproche-Defensa-Escalada

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12.04.2026

Las discusiones de pareja no suelen empezar por algo grande. Empiezan por lo doméstico y cotidiano. Por la casa, por el tiempo, por quién hace qué y quién siente que no llega.

Hace poco trabajaba con una pareja que discutía siempre por lo mismo: la limpieza, sus hijas y la falta de tiempo personal. Una sentía que cargaba con la casa; el otro, que no tenía ni un rato para ir a correr. Dos temas muy concretos… pero el problema no era ese. Era cómo lo hablaban.

El patrón era claro: reproche, defensa, escalada. Acordaos de estas tres palabras. (RDE)

El primero, el reproche aparecía rápido. «Siempre tengo que hacerlo todo yo», «la casa está hecha un desastre», «tú a lo tuyo». No era solo una queja puntual, era una crítica global. Y cuando el mensaje llega así, la otra persona no escucha «necesito ayuda», escucha «no haces nada bien».

La respuesta, como suele pasar, era la defensa. Y aquí había algo muy ilustrativo: él contaba en sesión que había llegado a hacer listas con todo lo que hacía en casa. El aspirador, los baños, recoger, organizar… como si necesitara demostrar que sí estaba cumpliendo. Pero claro, esa lista no calmaba nada. Al revés, convertía la conversación en una especie de contabilidad: quién hace más, quién hace menos.

«¿Ves? Yo también hago cosas», «mira todo esto». Frente a eso, ella no se sentía aliviada, se sentía aún más sola. Porque no necesitaba un inventario, necesitaba sentirse acompañada.

Y entonces llegaba la escalada. Subía el tono, aparecían listas esta vez de reproches pasados, se mezclaban temas que no tenían nada que ver. La discusión ya no iba de la limpieza ni del tiempo personal. Iba de quién tenía razón, de quién estaba fallando más, la escalada sube y sube…y a veces no sabemos parar.

Cuando paramos a mirar con calma, lo que había debajo era bastante distinto.

Detrás del reproche sobre la casa había una necesidad de apoyo y de reconocimiento. No era solo «ayúdame a limpiar», era «no quiero sentir que estoy sola en esto». Y detrás de la queja sobre el tiempo personal, había una necesidad de espacio propio, de no sentirse atrapado.

El problema es que esas necesidades no se estaban diciendo así. Llegaban en forma de crítica y de defensa. Y así es muy difícil encontrarse.

Romper la espiral RDE pasa por pequeños cambios que tienen mucho impacto. Pasar del «siempre tengo que hacerlo yo todo» a «me ayudaría que nos organizáramos mejor con la casa». Pasar del «tú tampoco haces nada» a «entiendo que estés cansado, pero necesito que encontremos un equilibrio».

Y también dejar de convertir la relación en una hoja de cálculo. Porque cuando empezamos a medirlo todo, dejamos de ver las cosas importantes.

Al principio cuesta cambiar ese hábito porque cuando estamos activados tendemos a defendernos o a atacar. Pero en cuanto uno cambia el tono es diferencial y se agradece mucho a todos los niveles.

Las parejas no se rompen por discutir sobre la limpieza o por querer tiempo a solas. Se desgastan cuando esas conversaciones se convierten en un campo de batalla repetido.

Placeres, la clave no está en quién tiene razón sobre la casa o el tiempo. Está en cómo se dicen las cosas cuando duele. Porque ahí, en ese momento incómodo, es donde una pareja puede distanciarse… o empezar a entenderse de verdad.

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