Punch y las troyanas
Astianacte es arrancado de los brazos de Andrómaca para ser arrojado al vacío. / FDV
«El mundo es un lugar hostil», repite siempre un amigo mío. El ser humano mata y muere a manos de sus semejantes. En algún lugar de la sabana africana yace la piedra con que primeramente se quebró una crisma. Ni siquiera en esta violencia somos especiales. Podemos rastrearnos en los clanes de chimpacés que se emboscan y se acometen por el territorio o en los machos alfa que gorilean por su reinado. El macaco Punch devolverá cuando crezca el desprecio que él mismo ha sufrido.
Aquí seguimos, 200.000 años después, apenas disfrazados. Asesinamos por poder o sexo. Ejecutamos por rencor o resarcimiento. Nos agredimos en la intimidad de los hogares y en las alamedas. En un solo y pavoroso acto o multiplicándolo por miles según el más desapasionado de los cálculos. Mirándonos a los ojos o presionando un botón. Nos descalabramos como los simios que somos.
Sólo hemos evolucionado en nuestra industria y en nuestro relato. No importa tanto lo que sucede sino cómo lo contamos y cómo exigimos o nos negamos a que nos lo cuenten. Y así los que se escalofrían con los sufrimientos de Punch se muestran indiferentes a los adolescentes acribillados por los francotiradores en Gaza. Y así a los corresponsales los patrocinan o los bombardean y en las redes sociales batallan bots e influencers. El chimpancé, al menos, no se engaña sobre sus razones.
La guerra de Irán nos vuelve a enfrentar a esa penumbra. Un regimen fanático, que tortura y reprime. La vesanía occidental desde el golpe a Mossadegh y el apoyo al brutal Pahleví. La asimetría moral. El chador persa que se critica y el hiyab árabe que se celebra. Los ayatolás que emiten fatwas y los pastores evangélicos que bendicen e imponen manos. El petróleo y el gas. Las tierras raras y los estrechos. Los papeles de Epstein. Israel, Rusia y China... Y tanto que ignoramos. Enredados en ese laberinto, nos susurramos que nuestra causa es justa. Por eso mismo necesitamos voces clarividentes que nos escupan las consecuencias de nuestros actos y nos recuerden, al menos, el precio que estamos dispuestos a pagar.
En el 216 a.C., en plena Guerra del Peloponeso, los melios quisieron abandonar la Liga de Delos y proclamarse neutrales. Los atenienses invadieron la isla, masacraron a todos los varones adultos y esclavizaron a mujeres y niños. A sí mismos se decían que había resultado preciso para preservar su democracia, su razón y su belleza, que los espartanos amenazaban.
Eurípides, apenas unos meses después, presentó Las Troyanas al concurso de tragedias de las Grandes Dionisias. En su obra, las viudas y vírgenes afrontan su aciago destino. Los caudillos griegos se las reparten para violarlas o exhibirlas. Ellas se resignan o se juramentan. A Polixena la sacrifican sobre la tumba de Aquiles. Al pequeño hijo de Andrómaca y Héctor, por consejo de Ulises, lo arrojan desde las murallas para que jamás reedifique Troya.
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«Necio el mortal que destruye ciudades y templos y tumbas, santuarios de los muertos. Deja tras de sí un desierto pero prepara su propia destrucción», pronostica Poseidón. Como menciona Marta González, dos años después la expedición ateniense a Sicilia acabaría en desastre, con sus soldados condenados a la inanición en las canteras de Siracusa. La sangre obedece al ciclo de las mareas. El dolor que hoy infligimos se derramará mañana sobre nuestros herederos. Eurípides hace cantar al coro: «Las riberas del mar resuenan y como el ave que reclama por sus hijuelos, así lloran unas a sus esposos, otras a sus hijos, otras a sus madres ancianas. Ya no existe nada».
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