El tren, modernidad entre andamios
En la estación de Chamartín suenan todas las alarmas con un estrépito que desgarra la mañana, justo cuando el reloj marca las 09.45. Es un ruido seco, persistente, una advertencia que, paradójicamente, no moviliza a nadie. Nadie se inquieta. Los viajeros transitan con esa inercia del que ya se ha acostumbrado al desconcierto. La megafonía, ese oráculo habitualmente omnisciente, guarda un silencio cómplice, sin advertir de peligro alguno ni de lo contrario. Es la banda sonora de una cotidianeidad interrumpida por la provisionalidad de unas obras que parecen eternas en un núcleo ferroviario fundamental.
En esta primavera inequívoca, hoy ha sido, de nuevo, una odisea encontrar un taxi. Desde la Gran Vía madrileña, el espectáculo es de una parsimonia tensa: decenas de pasajeros, muchos de ellos extranjeros con el asombro pintado en el rostro, aguardan con otros ciudadanos un transporte que no llega para trasladarse al aeropuerto, a la estación, a un museo o a un negocio, incluso a un hospital. La escena me permite observar cómo la capital, en su ambición cosmopolita, tropieza a veces en los peldaños más básicos de la logística urbana. En mi caso, una afortunada gestión telefónica del botones —término que conserva un eco de hotel de........
